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Gabinete Mandibulín

Gabinete Mandibulín

Columnas martes 07 de mayo de 2019 - 02:44

Mandibulín fue uno de esos dibujos animados de mi infancia que quizá permanecieron guardados en mi memoria no sólo porque tengo buena memoria, sino porque tenía una frase que lo definía a la perfección: “Nadie me respeta”.

No había dudas sobre el buen corazón de ese tiburón blanco gigante, que tocaba en un grupo musical, con su característica voz tipluda y que cometía torpeza tras torpeza por lo que sus amigos habían optado por ignorar sus opiniones por el bien de todos, de ahí su famosa frase que repetía una y otra vez a lo largo de sus aventuras —por cierto, Katy Perry lo puso de moda sin querer queriendo en el show de medio tiempo en el Súper Bowl XLIX, en febrero de 2015—.

Jamás imaginé que en algún momento de mi vida volvería a pensar en Mandibulín y menos para darle un sentido político, pero gracias a nuestro amado líder, en el México de la 4T todo es posible y hace unos días se me ocurrió escribir que el presidente había nombrado un gabinete “Mandibulín” porque nadie lo respeta, ni siquiera él mismo.

Y es que desde el 1 de diciembre de 2018, fecha en que asumió el poder nuestro amado líder, no han sido pocas las veces en que les ha enmendado la plana a sus secretarios o ha caído en contradicciones con lo que ellos afirman o los ha desmentido o ha negado su información o simplemente los ha ignorado para gobernar.

El presidente reunió dos tipos de secretarios en su gabinete, los que constituyen su club de fans, como la secretaria Nahle que ha dedicado la mayor parte de su tiempo a aplaudir todo lo que hace el presidente, cómo lo hace, dónde lo hace y cómo lo dice para ocultar su manifiesta incapacidad en el ramo energético y los secretarios que han intentado hacer su trabajo, pero que terminan siendo cuestionados públicamente por su propio jefe, como ha ocurrido con el secretario de Hacienda.

Cualquiera que sea el caso, es un hecho, nuestro amado líder los ignora a todos.

Desde principios de la década de 1970, cuando el presidente Luis Echeverría corrió a su secretario de Hacienda, Hugo B. Margain, y declaró que la economía se manejaba desde Los Pinos y hasta los señalamientos del presidente López Obrador a su secretario de Hacienda, los presidentes mexicanos han gobernado al país menospreciando cada vez más a sus secretarios de despacho o en el mejor de los casos ignorándolos.

Y los secretarios de estado poco han ayudado para revertir esta situación porque son incapaces de decirle “No” al presidente que los nombró, y prefieren hundirse con su jefe —y con el país— a señalarle errores, criticar sus apreciaciones o plantearle alternativas distintas, pero viables sobre proyectos concretos. ¿Quién dentro del gabinete Mandibulín se atrevería a decirle no a nuestro amado líder? Nadie, evidentemente. Vivimos nuestra mexicanísima adaptación del “Rey desnudo”.

México perdió el rumbo cuando los presidentes dejaron de llevar a los mejores y más preparados funcionarios a su gabinete. Cuando comenzaron a escuchar tan solo su propia voz y triunfó su soberbia y su ego; cuando dejaron de reconocer que no podían saberlo todo y era necesario la experiencia y el sentido común de quienes tienen el conocimiento.

Para alguien que dice conocer la historia como nuestro amado líder, resulta más sorprendente el menosprecio que tiene por su propio gabinete.

El mayor acierto de Benito Juárez no fue haber derrotado a los conservadores o al imperio, sino haber logrado conjuntar, a su alrededor, a las mentes más brillantes de la época, pero más aún, haberse permitido escucharlas y actuar en consecuencia.

Juárez no se levantó un mañana de julio de 1859 y mientras desayunaba en La Parroquia, se dijo: “hoy amanecí con ganas de crear el Estado laico” y lo hizo; Porfirio Díaz no estaba cazando patos en Chapala en 1910 cuando de pronto pensó, “qué ganas de fundar una Universidad Nacional de México”. Álvaro Obregón no estaba en los toros en 1921 y en el cuarto astado de la tarde pensó, “saliendo de aquí voy a crear la Secretaría de Educación Pública”.

Tres presidentes que reconocieron que había mentes brillantes a las cuales incorporar a sus gobiernos: Melchor Ocampo, Justo Sierra y José Vasconcelos. Pobre de México tan lejos de un gabinete como el de Juárez y tan cerca de un gabinete Mandibulín.

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/CR

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