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Gerardo Diego: el esteta de la dictadura

Gerardo Diego: el esteta de la dictadura

Columnas miércoles 26 de junio de 2019 - 04:20


La obra de Gerardo Diego (1896-1987) es tan vasta como heteróclita. Con idéntica fortuna, el poeta de Santander escribió elegías cubistas, crónicas líricas, artículos literarios incisivos y sonetos sin signos de puntuación. Acaso sea uno de los precursores —y maestros— del versolibrismo. En sus poemas, si aguzamos bien la mirada, veremos ciertos aires indulgentes que, entre céfiros y melodías náuticas, aparecen en escena desplegando una rica gama de matices:

El viento vuelve siempre aunque cada vez traiga un color diferente

Diego escribió con una invencible versatilidad. De hecho, es el poeta de su generación —la del 27— que ofrece mayor multiplicidad de alternativas estéticas. Y no se conformó con eso: además de su ingente trabajo poético, fue un importantísimo teórico —y practicante, junto a sus admirados Vicente Huidobro y Juan Larrea— de dos vanguardias airosamente infractoras: el ultraísmo y el creacionismo. Su pluma —que fue un surtidor inagotable— le permitió escribir, durante sesenta años ininterrumpidos, sobre los temas más variados y disímiles.

Diego, al principio de su carrera, fue un poeta que se regodeó leyendo, interpretando y glosando ampliamente a los clásicos: Lope de Vega, Quevedo y, claro, su admiradísimo Góngora. Aunque pudo contentarse con ser un poeta aparatoso y refinadote, su obra no estaba dispuesta a tirarse a descansar en las cómodas y apacibles estepas del clasicismo.

Luego de una breve estancia en Francia, donde trabó amistad con la pintora María Blanchard y con un puñado de artistas cubistas, regresó a España henchido de explosiones poéticas. Alma curiosa por temperamento, Diego comenzó a probar las combinaciones más insólitas para engalanar su arte. Después de haber tenido un inicio apegado a las estrofas tradicionales, desvió su camino y terminó cariñosamente abrazado al verso libre.

Cierto día, sus fluctuantes pasiones artísticas lo llevaron a iniciar un romance con el teatro. Pero el idilio fue efímero —sólo escribió una pieza mediocre: El cerezo y la palmera— y acabó regresando definitivamente a lírica y a la prosa poética.

Junto a su amigo Jorge Guillén, el autor de Versos humanos fue uno de los principales orquestadores del homenaje a Góngora, que cumplió trescientos años de muerte en 1927, fecha que, por cierto, aprovecharían para obsequiarle el nombre a su generación.

Conocedor de su enorme poder evocativo, Gerardo Diego supo que, con la potestad de la escritura, todo le estaba permitido. Su pluma caudalosa e inspirada le permitió hablar de temas tan raros e inauditos como los billetes de tranvía, las llaves extraviadas, la libertad de los gitanos y los porteros de futbol. Un día, influenciado por sus lecturas mallarmeanas, y harto de vivir en un “cautiverio de renuncias”, emprendió “un vuelo de desengaños” y se paseó felizmente por un “rumbo sin viaje”.