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Entornos miércoles 07 de agosto de 2019 - 03:01


POR TONI MORRISON

Hay un almacén abandonado en la esquina sudeste de Broadway y la calle Treinta y cinco, en Lorain, Ohio. No se confunde con el cielo plomizo que le sirve de fondo ni armoniza con el marco de casas grises y negros postes telefónicos que lo rodea.

Más bien se introduce solapadamente en la visión del transeúnte de una forma que es a un tiempo irritante y deprimente. Los forasteros que llegan a esta pequeña población en coche se preguntan por qué el almacén no habrá sido derribado, mientras que los peatones, que suelen residir en el vecindario, simplemente miran hacia otra parte cuando pasan por delante de él.

En cierta época, cuando el edificio alojaba una pizzería, la gente no veía más que adolescentes de paso lento apiñados en la esquina.

Aquellos chicos se reunían allí para rascarse la entrepierna, fumar cigarrillos y planear inocentes desafueros.

Inhalaban profundamente el humo de aquellos cigarrillos, forzándolo a invadir sus pulmones, sus corazones, sus muslos, y acorralar el temple y la energía de su juventud. Se movían despacio, reían despacio, pero sacudían la ceniza de sus cigarrillos con excesiva premura, con demasiada frecuencia, revelándose ante cualquiera como novicios en el hábito.

Antes, sin embargo, del rumor de sus mugidos y la exhibición de su fatuidad, el edificio estuvo arrendado a un pastelero húngaro, modestamente famoso por sus brioches y sus panes de especias.

Antes aún, hubo allí las oficinas de una agencia inmobiliaria, y previamente lo habían utilizado unos gitanos como base de operaciones. La familia gitana dio a la gran luna del escaparate más carácter y distinción que los que tuvo nunca. Las chicas de la familia se turnaban en sentarse entre las cascadas de colgaduras de terciopelo y tapices orientales que pendían del techo. Miraban al exterior y ocasionalmente sonreían o guiñaban un ojo o hacían gestos de invitación, aunque esto último en muy raras circunstancias.

Generalmente se limitaban a mirar, y sus elaboradas vestiduras, de largas mangas y larga falda, disimulaban la desnudez que se erguía en sus ojos.

Tan fluida había sido la población en aquella zona que probablemente no hay nadie cuyos recuerdos lleguen muy lejos, a la época precedente a la de las gitanas y a la de los adolescentes, cuando los Breedlove vivían allí, instalados todos juntos en la parte delantera del almacén.

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YC/CR

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