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Huele a muerto

Huele a muerto

Columnas martes 27 de agosto de 2019 - 01:12

A mí sí me gusta hacer leña del árbol caído y por eso quiero dedicarle unas líneas a los restos del Partido Revolucionario Institucional —que huele a muerto— al que todavía hay que pasarle muchas facturas porque en buena medida el desastre de país que tenemos en 2019 se lo debemos a sus 71 años de gobierno ininterrumpido y luego a su lamentable regreso como nuevo viejo PRI en 2012, gracias a Acción Nacional.
Y no, no quiero decir que los hasta ahora magros resultados del gobierno de nuestro amado líder sean culpa del PRI, eso es harina de otro costal. La gran culpa histórica del PRI, la que marcó a México y sigue presente en el quehacer político fue haber construido una cultura política basada en el autoritarismo, la corrupción, la impunidad y la simulación que sigue vigente.
Una cultura política que despreció la democracia, a la oposición, a la prensa libre, a la crítica, a los disidentes, que prostituyó al sindicalismo, que acabó con el federalismo, que mató al campo y arruinó la educación, que corrompió a la sociedad —aunque también la sociedad le agarró gusto al sistema—, que expropió la historia, que llevó a la bancarrota al país durante las últimas dos décadas del siglo XX, que fue incapaz de construir un Estado de derecho funcional, que hizo del fraude parte del lenguaje político, que endeudó al país.
El argumento con el que siempre se defendió el PRI fue la supuesta paz social —semejante a la paz porfiriana, basada en la represión— y la creación de infraestructura e instituciones —muchas de las cuales están a punto del colapso, como el IMSS o Pemex o sirvieron para enriquecer al priismo en pleno generación tras generación. Si el país que entregaron en 2000 fue el mejor México que pudieron construir luego de 70 años de gobiernos con mayoría en el Congreso y un poder presidencial absoluto, el PRI merecería ser proscrito para siempre por daños a la nación.
Lo increíble de esta historia es que a pesar de que Morena barrió el país usando al PRI como escoba —sí lo sé, muchos priistas saltaron a Morena—, los tres o cuatro fieles que permanecieron en el tricolor se disputaron hace unos días el liderazgo del partido como si fuera el santo grial —claro, por poco que sea lo que el partido reciba por ley es suficiente para vivir como reyes unos años más—.
Y fieles a su principio de simulación, organizaron campañas y debates —como si verdaderamente conocieran el significado de la democraci — y lo más enternecedor fue que luego de la elección, los derrotados acusaran fraude. ¿En verdad esperaban una elección limpia? Ternuritas e ingenuotes, se ve que estos priistas y expristas desconocen su historia. El PRI nació en 1929, como Partido Nacional Revolucionario y se estrenó con un megafraude interno, desde entonces esa fue su vocación.
En los primeros días de marzo de 1929, la familia revolucionaria se reunió en Querétaro con dos fines: terminar de darle forma al Partido Nacional Revolucionario —lo cual ocurrió el 4 de marzo— y elegir a su primer candidato presidencial.
Hasta unos días antes de la convención, todo indicaba que Aarón Sáenz sería ungido para buscar la silla presidencial, pero en el último minuto Calles se sacó de la manga a Pascual Ortiz Rubio “el nopalito” para “competir” por la candidatura del partido.
Al iniciar la convención, todos daban a Sáenz como seguro ganador, pero por instrucciones de Calles, Gonzalo N. Santos —el que decía “la moral es un árbol que da moras o sirve para una chingada”—, se encargó de comprar voluntades a diestra y siniestra y así logró que los votos con que contaba Sáenz para ganar se convirtieran, por arte de magia, en votos a favor de Ortiz Rubio quien resultó ganador. Así comenzó su historia el otrora partido oficial.
El PRI ya huele a muerto, pero si un partido nos enseñó que es posible volver a la vida a los muertos para que voten, ese fue el PRI, por lo que no debemos descartar que sobreviva, aunque personalmente sería muy feliz si desapareciera para siempre.

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/CR

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