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Impunidad diplomática

Impunidad diplomática

Columnas martes 10 de diciembre de 2019 - 02:07

Cuando se tiene dinero para pagarlo, robar un libro no tiene, como acción concreta, más implicaciones que la falta de educación. No es como amañar una licitación, o robarse una elección. ¿O sí es? Veamos. Alfredo Bryce Echenique, escritor peruano controvertido, relata que alguna vez en Cuba cuando apenas tenía dinero para comer, en una librería vio un par de libros suyos. Fue tanta su emoción de que se hubiera convertido en un autor internacional (pobre, pero internacional) que decidió robarse sus propios libros. Lo cacharon, y luego de un momento incómodo decidieron regalárselos, por ser el autor y todo eso. El aura de santidad que tienen los libros provoca sentimientos encontrados. Es como un robo famélico, es decir, como el que se roba un pan para comer; pero en este caso, el hambre sería de conocimiento. Así de cursi opera el inconsciente a veces.
Sin embargo, el caso del embajador mexicano en Argentina, Valero Recio, no puede subsumirse en ese mismo tono jocoso. Un embajador es un funcionario peculiar. No solamente debe contar con conocimientos de diplomacia, aunque sea la competencia que más se resalta. Se supone que este ladronzuelo tiene a su cargo la misión de fortalecer los vínculos entre nuestro país y el país donde reside, en aquello que pueda ser positivo para la nación mexicana. Pero también encarna la representación mexicana en el extranjero, específicamente en Argentina. Esto no es menor. Quiere decir que, al menos idealmente, su persona y su conducta serían vivo reflejo de la imagen que México quiere proyectar en la comunidad internacional. Con esos criterios se debe designar a los embajadores en su dimensión política. Lo otro son examencitos periódicos bastante cuestionables y circuitos de besamanos endémicos del servicio exterior mexicano que te pueden llevar a Nicaragua, a una dirección general de la calle Juárez, o a ningún lado. El escalafón diplomático tiene tanto de política y coyuntura como cualquier otra cosa en México. Ya lo dijo el Presidente, como desmarcándose “es que es muy cercano a Porfirio Muñoz Ledo”. O sea, “yo ni lo conozco, reclámenle a él”.
Por último, y a pesar de que normalmente soy partidario de dividir los vicios privados de las virtudes públicas, en este caso sí deben ir juntas, por la condición de invitado especial que tienen, de facto, los diplomáticos. Las consideraciones que le hayan hecho a este ratero de metro, desde que asumió el cargo, no se las hicieron a él, sino a nuestro país, a nuestra bandera y a nuestro Estado. Para efectos de su conducta allá, el Estado es él, en el peor de los sentidos, y así nos dejó. Si se insiste en que el señor tiene una “trayectoria limpia” y un currículo admirable, entonces lo único que habrá que hacer es correrlo. Porque una vida de estudios no le da a nadie un saldo a favor para robar mercancías. Ni en este Gobierno moralista, ni en ningún otro.


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/CR

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