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Integridad pública como meta

Integridad pública como meta

Columnas martes 15 de octubre de 2019 - 02:51

La nueva coyuntura política, económica y social, generada por los resultados de la elección de julio de 2018, nos obliga a analizar con herramientas, filtros y lentes diferentes los retos de la gobernabilidad democrática.

Inclusive, debemos reconocer que el cambio de régimen obliga a renovar nuestros instrumentos analíticos a la luz de una nueva concepción de la filosofía política, que discurre por dos ejes articuladores producto de la brújula moral del presidente López Obrador: la ética de la compasión y la ética de la indignación, sobre las que ya he reflexionado en estas mismas páginas. Ambas aproximaciones tienen expresión concreta en las propuestas programáticas que animan las más importantes políticas públicas de la administración federal del tabasqueño.

De la ética de la indignación emana la convicción presidencial de que el combate a la corrupción restaurará la fibra misma de la república, legitimará de nuevo al sistema político entero y, sobre todo, las elecciones. Esto en realidad parecería desvelar un empeño aspiracional de AMLO hacia la integridad pública como punto de llegada. Con todo y la precisión y utilidad de estas coordenadas de filosofía política y moral que el Presidente señala, debemos recordar que “mapa no es territorio” y proponer que en materia del combate a la corrupción quizá deberíamos hacer un alto, si bien momentáneo, pues parecería que nos estamos desviando del objetivo o tal vez no entendemos dónde está o cuál es la meta.

Creo que, quizá indebidamente, el combate al flagelo se ha centrado solo en la creación y/o modernización de normas, políticas, instituciones y procedimientos para atemperarlo o erradicarlo. Con todo y las luces y sombras que el Sistema Nacional Anticorrupción arroja, eso me parece adecuado pero insuficiente.

Lo veo así: si la corrupción es la enfermedad y el combate a la corrupción es la medicina, entonces la salud es la integridad pública. No se trata de una concepción sencilla. La integridad pública es la cima axiológica en la que debería residir siempre el gobierno del Estado mexicano; una situación permanente de funcionamiento correcto, oportuno y articulado de todos sus componentes, en el que el aparato público cumple su cometido y atiende los fines para los que fue creado, dentro del esquema constitucional.

Si esto es así, parecería que estamos midiendo las causas y efectos del carcinoma pero no sabemos lo que esperamos al disolverlo, extraerlo o reducirlo.

Es decir, no estamos seguros de la situación a la que queremos llegar y quizá eso nos viene nublando el horizonte, pues la integridad pública es mucho más que la ausencia de corrupción y si queremos que cambie el estado de cosas, habría que construir nuevas métricas y renovados compromisos institucionales, legales y políticos, efectivamente, pero también reconocer la filosofía política y moral de un régimen nuevo y diferente.

•gsergioj@gmail.com
@ElConsultor2

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/CR

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