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Columnas lunes 25 de noviembre de 2019 - 01:36

¿Alguna vez le han agradecido a uno de sus órganos o miembro de su cuerpo la salud física de la que gozan? Yo lo hice por primera vez ayer cuando la vida me colocó de frente a un joven con la enfermedad que el actor Joaquín Phoenix nos hizo saber a través de su personaje en la taquillera película Joker.
Una vecina del fraccionamiento donde vivo me pidió que le mostrara a su hijo el cachorro Luciano que hace quince días adopté a la muerte de Lucas, mi viejo pastor inglés, a lo cual accedí feliz y orgullosa sin imaginar que esa visita me dejaría una sensación de tristeza y preocupación.
Bañé con espuma a Luciano y lo cepillé varias veces para que estuviera presentable ante el joven que quería conocerlo, sabía, porque me lo había dicho su madre, que el adolescente tenía una discapacidad, pero nunca me dijo que se trataba de la risa incontrolable o labilidad emocional como se le conoce medicamente.
Muy contentos los dos toqué el timbre de la vecina, le había advertido a Luciano que tienen tan solo dos meses y medio de vida que quería que se portara muy bien y se abstuviera de hacer travesuras en casa ajena, lo que no habría sido necesario dado que el comportamiento del chico enfermo lo asustó desde el momento que lo vimos: tan solo el ver al cachorro le provocó una crisis de risa que no podía controlar y yo ignorante hasta ese momento de la enfermedad del vecino no supe cómo actuar, pensé que se reía de mí.
Mi vecina, al ver mi reacción de sorpresa me explicó que su hijo padecía la misma enfermedad que el actor de la película que hasta hace un par de semanas había abarrotado las salas de los cines, me pidió que le acercara a Luciano para tocarlo sin temor de que le hiciera daño. Así lo hice, sin embargo, el temor del perrito fue tanto que comenzó a ladrar por lo que me despedí no sin antes preguntarle si su hijo llevaba una vida normal como ella o como yo.
Mi vecina sonrió resignadamente, me dijo que no, que su hijo vivía preso de esa enfermedad que le da en cualquier momento, sin aviso y sin motivo aparente, por lo que básicamente estaba condenado a permanecer encerrado en casa ya que su risa incontrolable despertaba el temor en las personas.
En el trayecto a mi casa pensé en que la mayoría de las personas que gozamos de salud física nos quejamos de todo, aun cuando tenemos salud emocional, dos piernas, dos manos, dos ojos, dos oídos y todos los órganos internos que nos permiten vivir con dignidad.
Toqué mi cabeza y agradecí a mi mente que a mis 56 años tenga una buena memoria y que mi risa sea de felicidad por tener al pequeño Luciano.
En otra ocasión les explicaré qué es la labilidad emocional…

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/CR

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