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Joker, El Otro Olvidado

Joker, El Otro Olvidado

Columnas martes 22 de octubre de 2019 - 03:42

L a película Joker ha sido calificada como estrujante, descarnada, violenta y dolorosa. Contiene elementos comunes a todas las obras maestras del séptimo arte pues juega con nuestras ansiedades, explota nuestros miedos, reseña nuestros demonios, exhibe un drama humano terrible y sacude nuestras conciencias y emociones. Y, claro, no tiene un final feliz.

Es en realidad una nueva exploración y renovada propuesta del origen de uno de nuestros villanos favoritos, humanizándolo a tal grado que llegamos a compadecerlo al presenciar los avatares de su triste existencia, atenazada por la pobreza, la marginación, un abuso sexual apenas velado y los efectos devastadores de una salud mental quebrada para siempre.

La describiría también como una potente y ominosa fábula del daño que las sociedades urbanas contemporáneas, tan deshumanizadas, infligen a los grupos que más ayuda necesitan, al segregarlos y orillarlos a la más oprobiosa desesperación e indigna hacinación, de la que sólo escapan en la imaginación, en los sueños o a través de una vida criminal para vengarse de la postración a la que han sido arrojados.

El drama humano de Arthur Fleck no debería parecernos tan ajeno o tan novedoso, y no solo porque, increíblemente, sigue sucediendo en todo el mundo, sino porque el director Luis Buñuel nos contó una historia muy similar hace 69 años en su extraordinaria película Los Olvidados, que en 1951 obtuvo el premio a mejor director del Festival de Cannes. En ella, relata las desventuras de un grupo de adolescentes sometidos al más injurioso abandono social, familiar y humano.

Los acontecimientos de su vida, sobre todo los de los personajes El Jaibo y Pedro, bien podrían ser los de la adolescencia de Fleck. El primero, un joven reducido a prisión en la llamada correccional para menores de la que se acaba de fugar pero que, al regresar al barrio, sigue igual que cuando fue aprehendido: sin techo, sin amor, sin pasado, sin amigos, sin dinero y sin futuro.

Comparte tragedia con Fleck, con un origen y una vida de tristeza, soledad y desesperanza, sin estructura familiar y que ha renunciado a una vida que llamamos pomposamente normal, pues no atisba destino mejor que el de su día a día, luchando por sobrevivir en las orillas (geográficas o económicas) de una ciudad cuyos páramos resecos y solitarios son trampas mortales que los rechazan y los estigmatizan, reduciéndolos a una existencia miserable.

En ambas películas podemos ver, en carne viva, una ciudad moderna y una estructura económica, política y social que, al crecer, al modernizarse, causan ingentes estragos humanos y que seguimos siendo un conglomerado sin piedad que no ha aprendido nada sobre cómo incluir a nuestros olvidados, o lo que es peor, que aún habiendo aprendido, hemos decidido irresponsablemente, inhumanamente, ignorarlos e invisibilizarlos.

•gsergioj@gmail.com
@ElConsultor2

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/CR

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