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Julio Cortázar: el hombre que transformó la ambiguedad en atributo

Julio Cortázar: el hombre que transformó la ambiguedad en atributo

Entornos martes 12 de febrero de 2019 - 06:05


RICARDO SEVILLA

Para Adriana Mayorga

Julio Cortázar (26 de agosto de 1914-12 de febrero de 1984) contó siempre con buenos lectores —y una gran difusión— en México. “Los buenos servicios” y “El perseguidor”, cuentos suficientemente decorosos, aparecieron por primera vez en la Revista Mexicana de Literatura, publicación que editaban Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes. El autor de Aura, después de leerlo y conocerlo, por cierto, se dijo asombrado por la obra y figura del escritor argentino. “¿Cuántas páginas magistrales quemó, desfiguró, mandó a un cesto o a un archivo ciego?”, se preguntaba el curioso Fuentes. Es natural: el escritor nacido en Panamá, que muchas ocasiones veía misterios donde sólo había entresijos, llegó a decir que Cortázar había sido “un hombre que siempre se reservó un misterio”, lo que sea que ello signifique.

Pero no todos se han quitado el sombrero ante la obra del escritor argentino ni opinan que su trabajo literario sea magistral. César Aira, por ejemplo, no sólo deplora la obra de su coterráneo, sino que, hace quince años, cuando le preguntaron cuál era su opinión sobre un Cortázar que cumplía 20 años de muerto, espetó una frase que, hasta hoy, perdura por su mordacidad: “El mejor Cortázar es un muy mal Borges. Lo que sucede, creo, es que Cortázar tiene la nostalgia de la juventud. Nos iniciamos con Cortázar y amamos en él nuestra adolescencia”.

Por otro lado, Julio, que era un viajero pertinaz y admirador declarado de las culturas prehispánicas, dijo que Monte Albán y Palenque eran lugares metafísicos donde convenía pasarse horas en quietud, en silencio, aprovechando eso que Henry James llamaba “una visitación”. Cuando visitó estos lugares, con la boca abierta, se quedó admirando aquel imponente yacimiento arqueológico maya. “La contemplación de aquella realidad —apuntaría después— supera toda realidad”.

El autor de Rayuela —qué duda cabe— era un tipo raro y, justo por lo mismo, carismático. Quizá por eso daba la impresión de que la inteligencia y la exigencia, el rigor y la simpatía, se configuraban para obsequiarle la aplastante —y caballuna— personalidad que poseía.

Cortázar era un tipo irónico. Y su última ironía apareció asentada en su testamento: el narrador decidió confiarle a su amigo Saúl Yurkievich y a su segunda esposa, Gladys, su obra inédita, según dijo, “para que la editaran o la destruyeran”, si así lo veían necesario. Desde luego, el tipo sabía que harían lo primero y, poco a poco, se fueron publicando el teatro, las dos primeras novelas (El examen y Divertimento) y algunos volúmenes de ensayos realmente insustanciales. Pero Yurkievich ya murió hace tiempo y, al parecer, todavía hay bastantes trabajos de Cortázar sin publicar.

Más allá del envanecimiento que lo caracterizaba, lo cierto es que Julio fue un pretensioso hombre de letras. Alguna vez dijo que su mayor aspiración era “cambiar la vida y dominarla a través de la literatura”. Y, efectivamente, en el campo literario vio que, con un poco de talento y algo más de empeño, podría llegar a la manifestación más intensa, más íntima y más poderosa de lo humano.

Los cuentos de Cortázar —es decir: lo más destacado de su obra— demuestran, quizá sin proponérselo, que es posible sobrepasar los límites de un realismo enfermizo y penetrar en los misterios humanos a través de la alusión, un recurso frecuente —y vigoroso— en la obra del argentino. En libros como Historias de cronopios y de famas o en Bestiario el narrador nos enseña, además, que la ambigüedad en la literatura no es ningún defecto, sino al contrario: es un atributo. ¿Quién puede permanecer impasible ante un hombre azteca que se sueña pilotando una motocicleta en una ciudad futura o ante la perturbadora imagen de un hombre que vomita conejitos o de un tigre que se pasea por la casa?

Muchos le criticaron —y con razón— que, en su momento, saliera a denunciar enérgicamente la desaparición de prisioneros argentinos y el asesinato de comunistas chilenos, pero que permaneciera callado ante las atrocidades que se cometían en Cuba en materia de derechos humanos. ¿Acaso le era indiferente el desamparo de los presos cubanos, de los vejados y de los humillados en la isla? ¿Acaso no representaban, de alguna u otra manera, la misma escena terrorífica que la de los jóvenes asesinados en Buenos Aires o Santiago de Chile? Infelizmente, fueron respuestas que Cortázar jamás llegó a ofrecer.

Afortunadamente para Cortázar, su imagen se impondrá ante las generaciones futuras como el autor de Final del juego y Queremos tanto a Glenda, y no como el lamentable poetastro de los versitos zalameros que le dedicó en sus últimos años de vida a la junta marxista de Managua.

Como sea, a treinta y cinco años de su muerte, es claro el enorme legado que Cortázar nos obsequió: su ludismo inteligente, el ritmo musical —particularmente jazzístico— de su prosa y, yendo un poco más allá, su impecable traducción de Poe que ha posibilitado que muchas generaciones de escritores mexicanos —incluida la mía— pudieran acceder a la obra completa —e imponente— del egregio borracho bostoniano.

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IM/CR

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