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La Literatura como Nacionalismo en Irlanda

La Literatura como Nacionalismo en Irlanda

Entornos lunes 12 de agosto de 2019 - 03:49

POR RICARDO LÓPEZ/ EN IRLANDA

Solía idealizar Irlanda como el paraíso de los escritores, hasta que el periodista de viajes y autor de Rob Roy, el Baronet y los 300 de Escocia (UOC, 2019), David Revelles, me descubrió a Escocia como el lugar que mejor se puede explicar a partir de su relación con la literatura.

No deja de ser fascinante que la isla Esmeralda, de poco menos de cinco millones de habitantes, tenga cuatro premios Nobel de Literatura en su nómina: Samuel Beckett, George Bernard Shaw, W.B. Yeats y Seamus Heaney; al precursor del monólogo interior, James Joyce; a Oscar Wilde y Bram Stoker; y a la bandera del cuento y la novela en gaélico irlandés, Liam O’Flaherty.

Tomando en perspectiva que Irlanda y Escocia están íntimamente ligados por la cultura celta, el whiskey —o whisky, según la isla donde se beba— y el sentimiento de repulsión respecto a los ingleses, plantear cualquier tipo de debate sería estéril e injustificado. Por eso Robert de Bruce, primer soberano de Escocia, fue uno de los grandes promotores de la unión entre irlandeses y escoceses durante la baja Edad Media a través de una inspiradora carta que a la fecha no se sabe bien si precedió o justificó las ambiciones expansionistas de su hermano Edward del otro lado del mar.

Para hablar de patrimonios y legados es inevitable hacer escala en Dublín, la capital irlandesa fundada por los vikingos a orillas del río Liffey, donde la biblioteca del honorable Trinity College resguarda la más grande colección de códices medievales, coronada por el Libro de Kells, un manuscrito en latín de los cuatro evangelios con ilustraciones polícromas, que representa el mayortesoro cultural de toda la isla.

Qué decir de los antiguos poemas medievales y la fascinante tradición oral irlandesa, recuperada, en gran parte, por el etimologista celta Whitley Stokes, responsable de inspirar la obra cumbre del prerrafaelita Frederic William Burton:Hellelil and Hildebrand, the meeting on the turret stairs(1864). Al final, como dilucidaba Antonio Rivero Taravillo, «Irlanda merecería respeto aunque solo fuera por haber tenido un alfabeto propio (elogham, usado en inscripciones)».

Ahora bien, el mismísimo Julio Verne le confesaría a Marie Adelaide Belloc,en una charla publicada en The Strand Magazine, que «durante una inolvidable gira a las islas británicas, pasé mis días más felices en Escocia» y que «para alguien que está familiarizado con los trabajos de Scott existen muy pocos distritos que no tienen alguna asociación con el escritor y su trabajo inmortal».

Hay quien piensa que a Escocia la inventó Walter Scott y la romantizó Robert Burns. Cualquiera que haya estado antes en las escarpadas, salvajes y solitarias Tierras Altas escocesas, habrá sido testigo, entre el denso brezo de las colinas, el verde infinito de los valles y el rumor de la corriente, que se trata de un sitio encantado, un lugar que, como dice el gran poema de Burns, provoca que «donde quiera que vaya, mi corazón está en las Highlands», la montaña escocesa: ese gran símbolo de la resistencia.

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YC/CR

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