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La confesión de un hijo del siglo

La confesión de un hijo del siglo

Suplemento viernes 22 de marzo de 2019 - 05:51

Considerado por muchos el escritor vivo más importante, Michel Houellebecq es siempre centro de polémicas y discusiones. No sólo por su estilo, sino también por ser políticamente incorrecto, Houellebecq es un autor que retrata los matices de nuestra sociedad y nuestro tiempo.

José Homero

Sospecho que uno de los secretos anhelos de la cultura contemporánea sea que un solo autor encarne los tipos divergentes del escritor maldito, intuitivo y de gusto medio, y el del culto y reflexivo. En cierto modo, Aldous Huxley prefiguró esta manifestación, como también lo hizo Jim Morrison, no casualmente lector de Huxley. Sin embargo, como en una historia de ciencia ficción, diríase que fueron prototipos, muestras imperfectas: el primero era demasiado intelectual, sin menoscabo de sus aventuras sicodélicas; el segundo, empecinado en su rol dionisiaco como cantante de un grupo de rock. En la epopeya del espíritu posmoderno, otra tentativa híbrida fue Philip K. Dick. En gran medida, el éxito de Michel Houellebecq se sustenta en que concilia ambas tradiciones; visionario social dotado de aguda perspicacia, en la vena de Huxley, ha llevado la dicción ensayística al ámbito de la narración, menos como divagación metafísica en la veta de Milan Kundera y más como los bocetos sociológicos de un moralista abúlico; un inquisidor de la conformación de la conciencia individual y su inserción dentro de una sociedad programada, el gran dilema de Dick. Houellebecq es también el compinche de Bret Easton Ellis que advierte el relevo del sexo por la violencia y el terror como corolario de la pulsión narcisista. Sin duda, avanzar por una de estas calzadas nos acercaría a una toma iluminada y resplandeciente del edificio de esta obra, cuyas emanaciones parecen atraer nuestra reflexión como la luz a las piraustas, pero aun siendo una escena perfectamente lúcida, su visión resultaría parcial, no completa; una obra no se explica por sus referencias, alusiones o reverberaciones, sino por su intencionalidad. Y, sin embargo, sería imposible deslindar a Houellebecq de sus afinidades, de cierta estrategia publicitaria en la que la intertextualidad va más allá de la franja de la escritura. ¿No es claro el ofrecimiento de códigos interpretativos cuando se escribe un ensayo sobre H. P. Lovecraft como visionario, recordando que el autor de Providence fue también un solitario, de discursivizaciones racistas? ¿No son las novelas de Houellebecq una variación en clave autobiográfica de un tema único: la acedia vital, preludio de la indiferencia moral, que en consonancia con las enseñanzas de Michel de Montaigne se convierten en ejemplo para presagiar la desaparición del hombre como idea moderna? ¿No se antojan intencionales las referencias al arte posmoderno en Plataforma, La posibilidad de una isla y El mapa y el territorio, como si esa obsesión por el propio cuerpo, por las experiencias extremas del placer egoísta y de la muerte que recorren el cuerpo tópico del arte, entrañaran una clave de nuestra existencia?

Como en esas plazuelas a las que se arriba desde calles y callejuelas distintas, una vez concentrados en la Place d’Houellebecq, podríamos concluir nuestro discurso de presentación agrupando las postales. Según acostumbraba Huxley, nuestro autor ha partido de una intuición, en este caso, percibir que las leyes económicas, o, para decirlo con las palabras precisas, del mercado, rigen también el mundo de las relaciones. Con esta premisa ha emprendido una carta de relación del mundo contemporáneo y de sus implicaciones inmediatas. Es un ejercicio que combina la argucia narrativa para seguir las imbricaciones, mientras recurre a la estadística y el periodismo para compilar sus ejemplos. Como Dick, Houellebecq propone una metafísica espuria, nutrida en Nietzsche y en los cómics, en la que el hombre prefigura su relevo, no mediante cyborgs, el ensueño posmoderno, sino a través de clones más humanos que nosotros; asunto de Las partículas elementales y La posibilidad de una isla. En todo caso, comparte la convicción foucaltiana del agotamiento del hombre como entidad surgida en la modernidad y la necesidad de una transformación. Como Ellis y otros autores pop —pienso en Dennis Cooper—, Houellebecq ejerce una mirada pornográfica en la que el placer, a menos que se encuentre tamizado por el amor, por el reconocimiento, así sea fugaz de la necesidad del otro, es mecánico y conduce a la crueldad, la afirmación violenta del poderío que permite la supresión del individuo. Tiene razón cuando advierte que la popularidad de las costumbres sádicas responde a un antecedente racionalista, a una continuidad lógica de la Ilustración pervertida del Marqués de Sade. Si Ellis se propuso en sus dos obras mayores, American Psycho y Glamourama, efectuar un código de costumbres de ese estertor de la modernidad que llamamos posmodernidad —esputo sanguinolento con que termina una época sin abrirse más que el vacío—, Houellebecq expone en su trilogía la situación del hombre medio, casi siempre un burócrata —ingeniero agrónomo, contable de la burocracia cultural, en todo caso un representante de la rama de “los servicios”— consumido por la angustia ante la muerte, la decadencia física y la soledad, sometido además por un destino inexorable pero desacralizado: la sombría cuadrícula de la economía.

Si en principio esta escritura remite a Franz Kafka o Samuel Beckett por la anomia de sus antihéroes y por el sometimiento ante una fuerza superior —de nuevo, la economía, aunque paulatinamente la decadencia biológica se ha convertido en supremo amo que propicia la atomización social—, al insistir en la descripción del acto sexual o de fantasías violentas con indolencia moral, Houellebecq declara y reivindica su origen bastardo proveniente de la iconografía pop. No sorprende, por ello, que a ciertos escritores esta literatura les resulte despreciable y en casos extremos, meritoria de libelos aferrados a una moralidad conservadora cada vez más dudosa, aunque ahora la corrección política le haya dado nuevos aires. Lo que el enconado rechazo soslaya es que a diferencia de otros escritores, en Houellebecq el despliegue reflexivo, la intuición, la fuerza de revelación latente en su escritura, la convicción de estar leyendo a un autor que descubre un mundo inédito, además de su erudición aprendida en los mercaderes de best-sellers para marinar sus tramas con datos de infinidad de disciplinas, son virtudes que obliteran las preferencias plebeyas por las descripciones emocionales o el egocentrismo de apuntes disfrazados de máximas. Para no mencionar las insistentes referencias a felaciones. A falta de intriga, la salacidad mantiene el apetito.

Houellebecq semeja a un viajero que al describir nuestro mundo revela rasgos que ignorábamos, acaso por la costumbre. Su dictamen es frío y válido para cualquier sociedad que dependa del imaginario occidental: una sociedad cuya alteración de los valores tradicionales subvirtió los principios éticos con lo que preparó el advenimiento de una era ensimismada en sus solitarios placeres. Desde esta perspectiva, la voluntad de Poder —para evocar a Michel Foucault— no convierte al hombre en un individuo libre para ejercer la armonía sino para despedazar ese mundo resguardado antaño por la frágil esfera de la ley moral. En el bravo nuevo mundo contemporáneo, los verdaderos pobres no son los desprotegidos de la economía sino los solitarios; juventud y belleza articulan las jerarquías por encima de valores hoy en desuso: talento, inteligencia, bondad, honestidad. La relativa apertura de los clubes de intercambio inclusive se fue delimitando por la exigencia de excluir a los ancianos. Un tema que se insinúa en La posibilidad, como si se tratara de una actualización de ciertas inquietudes de Adolfo Bioy Casares, aunque más probablemente provenga de las enseñanzas de los filósofos cínicos, quienes consideraban la necesidad de devorar a los padres.

Visionario y más que ello una suerte de Julio Verne de las relaciones y afectos, cronista de un mundo alienado que paradojalmente ya es el nuestro, Houellebecq comparte con otros autores, no necesariamente vinculados con su escritura ni sus intereses, la visión pesimista, la convicción de que las grandes transformaciones en la vida cotidiana a consecuencia de la subversión en las costumbres patriarcales: la liberación sexual, el consumo de drogas, la alteración de las fórmulas de convivencia y de los valores morales, el feminismo, el aumento de información… la libertad en suma, no conllevaron la felicidad, como auguraban los alegres y eufóricos beatniks, los plácidos hippies y sus no tan inusitados herederos: los profetas de la teoría de la información, sino el horror. A Easton Ellis pocos le reconocen su mérito innegable: haber mostrado que bajo los sueños de la opulencia yacía el cadáver de la ética aserrado por la crueldad narcisista, del mismo modo que Dostoyevski había vislumbrado que en el ensueño de la anarquía y el socialismo latía una fuerte dosis de enfermedad mental. Con la gelidez del ensayista y el pasmo del burócrata —sus historias tienen el encanto de un informe—, Houellebecq muestra que la generación del placer se ha convertido en la generación del crimen, que la adoración del cuerpo y de la juventud ha propiciado una nueva forma de esclavitud e infelicidad (“el valor comercial del sufrimiento y de la muerte había llegado a superar al del placer y el sexo”, dice Jed Martin en El mapa y el territorio). Autores como Dario Jaramillo en Cartas cruzadas habían advertido ya que el culto a la juventud y esta disrupción de los códigos éticos, de la zona fronteriza entre la ética y la búsqueda del placer, permitía la infracción de las leyes sociales volviendo posible que de pronto un pusilánime profesor de letras se convirtiera en un narcotraficante ávido de dinero y de comodidades. Clive Barker, un escritor educado en la tradición romántica y erudito en sus referencias, percibió en sus primeras y únicas valiosas obras, la presencia del poder en nuestras búsquedas sexuales, la conversión del placer en un caso límite, la cercanía de la crueldad con el sexo. Aspecto trágico señalado por Martin Amis en su menipea pionera Niños muertos.

El gnóstico que hay en Houellebecq declara que la naturaleza es una carnicería inmunda, convierte nuestra historia en una crónica de desdichas en la que sólo hay un paliativo: el placer. No casualmente en La posibilidad de una isla, el narrador-protagonista Daniel declara: “El único lugar en el mundo donde realmente me he sentido feliz ha sido en los brazos de una mujer mientras la penetraba profundamente … El mero hecho de que hubiera un coño ya era de por sí una bendición”. Ésta es quizá la mejor explicación del credo de un autor nutrido en Schopenhahuer —como lo patentiza su ensayo—, cuyas pesimistas catalinarias son detestadas por los señoserios, quienes lo consideran un “Harry Potter para adultos” (Marc Fumaroli, miembro de la Academia). A despecho de la argumentación previa y de una tipología, en el fondo las novelas de Houellebecq son un elogio del amor en los tiempos de su desvanecimiento. Como expone uno de sus personajes, el sexo en sí no es el placer sino su vinculación con el amor. Por ello, varias de estas historias son en realidad manifestaciones sentimentales, denodados esfuerzos por combatir el perverso mundo feliz del mercado y el consumismo inteligentemente presentadas para no mostrar las cartas románticas. Acaso por ello, Serotonina, su reciente novela que, faltaba más, llegó envuelta en polémica, más allá de sus obsesivas referencias a felaciones, anos, pornografía y machismo vulgar, es en realidad su novela más cabalmente amorosa, donde el amor, su latencia, la posibilidad como un acontecimiento que aísla a la pareja y la redime de la caída en el tiempo, resuena como un basso profundo. Piénsese por ejemplo en la mención al amor profundo de los padres del protagonista, que los conduce a un pacto suicida romántico; en las evocaciones de compañeras pletóricas de amor, en el elogio a la figura femenina —más allá de la constante degradación verbal—, en el reconocimiento de la impotencia sentimental de los varones, y se comprenderá que detrás del cinismo y amargura de esta prosa, a ratos cansina y rutinariamente ofensiva, palpita en verdad un corazón que añora el amor. Sí, nuestro monstruito, como tantos malditos es en realidad un sentimental. Relato de vida, más cercano a la nouvelle —a pesar de su extensión—, Serotonina es la historia de un Bartleby sentimental —no en vano el personaje cita al amanuense rejego cuando responde a su siquiatra: preferiría no hacerlo— y la apuesta vital de un alma muerta gogoliana que renuncia a la salvación. Sin embargo, si renuncia a la felicidad es porque al menos sabe cómo reconocerla.

Marea baja

Continuamos demasiado anclados a nuestras categorías, a nuestros pre-juicios. Pensamos aún que un escritor será bueno por la sutileza de su escritura, por su sagacidad en la composición, eso si no, ya en pleno delirio, nos azotamos con la devoción del estilo como reliquia de florilegio retórico. A menudo olvidamos que el mérito de un autor es intrínseco al reconocimiento de un elemento insólito en su obra. Y en la medida en que otros hagan suyo ese mundo. Podría decir que Houellebecq es actualmente uno de los mejores escritores. En todo caso es uno al que leo sin decepción; acaso porque desde su disruptiva Ampliación del campo de batalla trazó muy claramente cuáles eran sus linderos: relato de vida, descripción con reflexión, didactismo sociológico, tremendismo moral y una desoladora esperanza. El sitio único de este provocador a veces zafio se debe no a sus aportaciones a la novela —siendo franco, dudo que haya alguna—, sino a sus contribuciones al conocimiento de nosotros mismos. Sus fábulas nos enseñan a percibir cómo se configura nuestro actual estado de conciencia; proyectos de neohumanos, el estadio que va más allá del hombre y también del bien y el mal. Eso lo vuelve por principio un privilegiado. No hay ensayista, filósofo o poeta capaz de darnos un testimonio tan cabal como el de Houellebecq, quien se ve a sí mismo más como un barómetro de la temperatura de la época. Sabe que, en una época de mutaciones, lo que menos importa es la fidelidad al género. Importa en cambio la profundidad en el campo de visión para comprender la sociedad. El resto son residuos de un pensamiento arcaizante.

No casualmente en uno de sus ensayos, el dedicado a Jacques Prévert, tras caricaturizar con bastos trazos al poeta emblema del francés profesional, espeta: “Si Prévert escribe, es porque tiene algo que decir; eso le honra”. Sentencia sorprendente después del vapuleo, que sin embargo revela una clave para entender a Houellebecq. A pesar de asumir con gusto —o acaso con tedio— el papel del provocador en una sociedad que ha repartido los papeles desde tiempo atrás, sabe que tiene algo que decir.

Si la ciencia es el verdadero estatuto de nuestra centuria, como ya Umberto Eco había advertido al llamar al arte una metáfora epistemológica, entonces Houellebecq, quien vocaliza, pero no hace suyo el discurso cientificista, es nuestro verdadero filósofo, el auténtico Poeta, la dicción que modula el espíritu, de ahora.

“El mundo exterior era duro, implacable con los débiles, no cumplía nunca sus promesas, y el amor seguía siendo lo único en lo que todavía se podía, quizá, tener fe” (Serotonina).



¿DE QUIÉN HABLAMOS?
Michel Houellebecq (Saint-Pierre, ilsa de La Reunión, departamento de ultramar de Francia, 1956), s un escritor, poeta, novelista, ensayista y director de cine. Ganador del Priz Tristan-Tzara, Priz de Flore, Prix Novembre, Prix Goncourt, Prix de la BbF, Prix Oswald-Spengler y el Prix La Tour Carnet, entre otros.

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IM/CR

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