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“La corrupción somos todos”

“La corrupción somos todos”

Columnas martes 25 de junio de 2019 - 02:51


El combate contra la corrupción es la sagrada escritura de la 4T; es casi el mantra del nuevo régimen. Nuestro amado líder lo hizo su bandera y lo convirtió en proyecto de nación, en el medio y al mismo tiempo en el fin de su gobierno.

El progreso, el crecimiento económico, la justicia social, la igualdad, la nueva distribución de la riqueza pasa forzosamente por la derrota de la corrupción que abrirá las puertas de la tierra prometida para los mexicanos, particularmente para el pueblo bueno.

No creo que haya un solo mexicano que no quiera erradicar la corrupción de nuestra vida cotidiana, pero las buenas intenciones, los buenos deseos, los sueños y los anhelos, la firme voluntad o simplemente decretarlo —ahora que está de moda esa infame moda de decretar— no es suficiente para acabar con la corrupción.

Nuestro último ex Peña Nieto —qué dolor de cabeza con los ex—, no estaba tan equivocado cuando dijo que la “corrupción era un asunto cultural”. Claro, como era Peña Nieto —símbolo de la corrupción rampante ahora perdonada por la 4T—, no se la acabó cuando afirmó semejante cosa; se lo comieron vivo y luego lo escupieron y luego se lo comieron vivo otra vez, por cierto, muchos partidarios de la 4T. Pero su problema es que estaba incapacitado mentalmente para darse a entender.

Cierto, los mexicanos no traemos la corrupción en nuestro ADN; tampoco es la herencia maldita de los aun más malditos españoles que nos conquistaron hace 500 años. La realidad es que el sistema político priista, desde 1929 —sí, ya sé que en ese año aún no era PRI, pero al fin y al cabo era su abuelo el PNR—, se encargó de construir una cultura de la corrupción que incluyó a todos por igual, gobernantes y gobernados.

Los mexicanos del siglo XX encontramos en la corrupción nuestra zona de confort.

Cuando tienes una clase política —en todos sus niveles— que hace fortunas al amparo del poder público; que crea empresas fantasma, que se sirve con la cuchara grande bonos y recompensas, que usa la otrora “charola” para beneficiarse o evadir la ley, que beneficia a familiares y amigos; que acepta moches o los pide, que hace su guardadito; que trafica con influencias, que apadrina negocios, que se queda con un porcentaje de lo destinado para las obras públicas, que compra votos con programas clientelares, el resultado no puede ser más que un país en ruinas como el nuestro.