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La crueldad 

La crueldad 

Columnas viernes 08 de noviembre de 2019 - 00:11

Por Luis Monteagudo
La crueldad puede abordarse desde varios aspectos:
La representación que hace el poeta latino Ovidio, en sus Metamorfosis, del Amor o Eros como un querubín con alitas disparando saetas al azar, instando a las divinidades olímpicas a enamorarse de mortales, provocando situaciones trágicas entre ellos y sus amantes, nos vincula con la irracionalidad amorosa. La perdición que extraña a una imponente figura con las cualidades divinas, adoloridas por el rechazo del mortal amado, es apenas una expresión del significado que el tema ha tenido para la humanidad y lo expresa en la mitología constructora de la identidad occidental.
La historia nos ha presentado a tiranos deleitándose con su poder absoluto ejercido sin control por una humanidad a sus pies rendida. Las páginas donde Tácito en su Análes, representa la crueldad de Nerón o de Calígula, apenas nos pueden vincular con los consejos de Séneca para ir llevando la existencia al lado de un desquiciado gobernante sometido a la tiranía de sus caprichos. El capricho que tiene por objeto dejarle claro a todo el mundo quién tiene el poder ha tenido momentos grotescos como el incendio de Roma, o el arrojar a cristianos en el circo para ahogar de satisfacción sanguinolenta las ínfulas glorificadoras del imperio.
La crueldad ejercida por sobre quién sea, no puede siquiera aspirar a una justificación sentada en el instinto de un primate como el ser humano, porque justamente ha creado recursos para controlar su condición. N. Elías en El Proceso de Civilización nos recuerda que la civilización precisamente creó autocontroles radicados en la consciencia para evitar que la humanidad se exterminara. Esos controles son las “formas”, el conjunto de maneras que nos permiten una interrelación llevadera e incluso amable con los otros, al grado de que cosas tan violentas las podemos tratar a través de recursos culturales como el diálogo, las comidas, los juegos, etc. Tener “formas” no es necesariamente una cuestión de debilidad o amaneramiento, sino de un posible recuso de evitar esa crueldad desatada una vez transgredidas las pautas socializadoras.
Cuando vemos la crueldad impune de los cárteles en México, sólo podemos remontarnos a los abrevaderos de la reflexión para explicarnos el cómo es posible semejante expresión de incontrolable crueldad, como la vista en sus campañas de exterminio a la población y la provocada hacia la familia LeBarón, donde el asesinato se acompañó de una animalidad indigna incluso de un criminal. El horror nos tiene sumidos en páginas dignas de ser narradas por Ovidio, por Tácito o por Séneca, pues no alcanzan ni palabras ni lágrimas a describir la tragedia de nuestra sociedad, y la ineptitud insulsa y caligulesca de su gobernante que toca la lira mientras arde el capitolio y sus leyes sirven para la burla de criminales y fanáticos.

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