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La farsa del desarrollo

La farsa del desarrollo

Columnas jueves 31 de octubre de 2019 - 12:24

Nuestra tendencia, como mexicanos, a construir opinión con base en fragmentos periodísticos y resentimientos personales, pone por los suelos el nivel del debate público. La enorme polarización que causa la figura presidencial no ayuda a construir un terreno medianamente civilizado para hablar de lo que sea, sin insultos o franca desvalorización total del otro, del que no está con mi corriente (hoy sólo hay dos, obradorismo o anti obradorismo; lo demás, los partidos, los colores, son irrelevantes).

A ello, se suma también la tendencia muy ciudadana de juzgar sin comprender, y juzgar fuerte. Si ya me dijeron que fulano es un populista de izquierda, lo de menos es revisar, una por una, sus políticas e iniciativas, a ver si coinciden con el izquierdismo o con el populsimo.

Ashis Nandy es un pensador indio de una agudeza inigualable. En una magnífica colección de ensayos intitulada “Imágenes del Estado”, habla del fracaso del programa modernizador, que nos metieron con calzador a los países pobres desde hace décadas, de la enorme indigencia que provocó (peor que la pobreza, porque la indigencia implica marginación hasta de los bienes culturales) y de la enorme cantidad de recursos que se utilizan, por todos los gobiernos, para que, quienes tenemos la fortuna de estar por encima del nivel de miseria, no caigamos en cuenta de lo inhumano que es el modelo que nos tiene a nosotros viendo Netflix y a millones de niños muriéndose de hambre.

Esto último no es una licencia lírica; el autor nos enseña que 78 por ciento de los niños con desnutrición viven en países con excedentes alimentarios. La mayoría no está en Ghana o Camboya, están en Estados Unidos, Brasil y similares.

Estoy lejos de ser un entusiasta de la Cuarta Transformación (hasta el nombre es arrogante y teatral, a mi gusto); pero, el presidente pone en duda ciertas certezas económicas que nos vendieron como leyes naturales y está obligándonos a pensar que hay más alternativas a la desigualdad, que esperar que los ricos se compadezcan y hagan fundaciones.

El mismo Nandy pone el dedo en la llaga cuando dice que el problema del capitalismo salvaje en el que vivimos sólo reconoce la riqueza monetaria y obliga a convertir todos los recursos (naturales, culturales) en efectivo, y el efectivo, además, cada día vale menos.

El presidente de la República parece estar consciente de esto, cuando se niega a juzgar todo con categorías dinerarias o corporativas. Deberíamos tomar la idea en serio, aunque no nos guste su estilo, o su tono, o sus trajes. El mensaje es más importante que el mensajero, y hace tiempo que no recibíamos más que analgésicos neoliberales. No está mal salir de la esclavitud del mercado. Los pueblos no tenemos nada que perder, aunque el 1 por ciento que se ha beneficiado con ello diga que sí.

•Autor y consultor especialista en políticas públicas. Abogado de la Escuela Libre de Derecho y catedrático universitario.

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/CR

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