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La foto del derrumbe

La foto del derrumbe

Columnas miércoles 01 de mayo de 2019 - 01:58

Estoy casi seguro de que cuando los venezolanos votaron por Hugo Chávez en aquel lejano 1999, no imaginaban que su país terminaría dividido, en bancarrota, con la oposición jugándose la vida en las calles y a merced de los caprichos de un solo hombre y de sus aliados cubanos. La élite ilustrada de ese país, políticos y empresarios, fue incapaz de construir una alternativa para contrarrestar los sueños decimonónicos y las huecas y populistas propuestas de un teniente coronel.

Dos décadas después, ha quedado demostrado que es muy difícil combatir, por la vía electoral, a esa terrible combinación de populismo, militarismo, pobreza e ignorancia. No obstante, Venezuela le ha dejado una amarga lección al mundo: Que a diferencia de Fidel Castro o de Augusto Pinochet, quienes impusieron sus respectivas tiranías por la vía de las armas, los déspotas de hoy alcanzan el poder a través de las urnas; y se sostienen burlando a las instituciones democráticas.

Lo primero que hacen es mandar al diablo al andamiaje institucional, para después crear otro a su gusto y contentillo. Así pues, cuando Maduro pierde las elecciones legislativas en 2015, con una mano en la cintura ( y con los dedos en la cacha de la pistola), desconoció a la Asamblea Nacional de Venezuela y conformó un nuevo “cuerpo legislativo” a modo.

Las consecuencias de su fallido gobierno no tardaron en llegar. Se sucedieron los apagones, los hospitales sin medicinas, la inseguridad, la hambruna y el éxodo de millones. Aunque desde luego, para el dictador todo es producto de jugarretas del imperio y de la oposición. En su narrativa, se habla poco de los conservadores o de las derechas. Atrapado en el tiempo, es más bien “el imperio” y los traidores a la “revolución” (que se inventaron) a quienes se ataca.

Al fin de cuentas, los líderes con inclinaciones dictatoriales necesitan de una piñata en quien descargar su ira, sus frustraciones, sus mentiras e inseguridades. Así también lo hace Donald Trump con sus ataques a la prensa; y Maduro con sus cuentos chinos fuera de tiempo y lugar. Y hablando de chinos (y también de rusos), esos sí que están expandiendo su imperio. Los pobres venezolanos tienen hipotecada su vida con esas potencias; aunque por alguna extraña razón, eso le sienta bien a las izquierdas en Latinoamérica.

A pesar de tan desolador panorama, ese pueblo ha lanzado un ¡ya basta! Cansados de elecciones fraudulentas, de compra de votos a través de programas sociales, de un poder judicial entregado al dictador y de una cúpula castrense de vergüenza, hoy prácticamente se han alzado en armas. Ese es el triste y sangriento resultado de regímenes de esa calaña. Pero no deja de sorprender esta terrible muestra de que el mundo está completamente de cabeza.

Antes, las izquierdas del continente tomaba las calles en protesta o cogía camino al monte (fusil al hombro), para pelear por la democracia, por la libertad de prensa, por la libre asociación y por la educación como vehículo para salir de la pobreza y la ignorancia. Pero ahora ya no. Sentados en el poder, las elecciones libres les estorban; la prensa crítica se han convertido en el instrumento de los conservadores; y la justicia es solamente para los amigos.

Bueno, hasta el laicismo pasó a segundo plano. Maduro hablando con un pajarito y su antecesor ofreciendo sermones que cualquier Papa habría envidiado. Con todo, los chavistas se gastaron su bono de confianza y hasta el de la fuerza. Guaidó, Capriles y López están a punto de derribar ese teatro de lo absurdo que construyó Chávez; y que Maduro trató de mantener en pie con su partida de hampones y asesinos.

La imagen reciente de las tanquetas arrollando salvajemente a quienes estaban protestando en las calles, es la fotografía de la derrota moral y política de ese régimen. Lo mismo ocurrió en aquella Nicaragua de finales de los 70, cuando los soldados de Somoza asesinaron a mansalva al periodista norteamericano Bill Stewart. Lo que el mundo vio, fue a un gobierno en caída libre (Ortega va por ese mismo derrotero).

¿Qué Fidel, Chávez, Ortega y Maduro fueron queridos y populares? Por supuesto, al igual que Hitler, Mussolini, Franco y Pinochet. Los populistas son queridos por un tiempo; y después imponen el beneplácito por las fuerza.

Hoy en día, simplemente cambió la polaridad política, pero el tirano siempre encuentra donde acomodarse cuando las sociedades descuidan a la razón, a la libertad y a la justicia. Maduro va a caer y ese será un mensaje contundente para Cuba y el resto del continente.