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La libertad del diablo/ Ladrones viejos

La libertad del diablo/ Ladrones viejos

Columnas jueves 07 de noviembre de 2019 - 01:04

Imprescindible, así es como llamaría a la obra cinematográfica de Everardo González, y debido a que a últimas fechas dos de sus documentales han sido agregados a la biblioteca de Netflix, es un buen pretexto —por si necesitábamos alguno— para re-visionar su filmografía o descubrirla.
Ladrones viejos nos cuenta la historia —un tanto picaresca, un tanto ambigua entre la sarna, la burla y el descaro— de varios de los carteristas más famosos del México viejo, aquel del que muchos mayores hablan con melancolía, en donde los ladrones tenían “honor”.
Repleta de imágenes de archivo, retrata muy inteligentemente, con base en los relatos de los mismos ladrones, la forma de hacer sus fechorías, la astucia que tenían para abrir candados, sacar carteras y meterse a las casas. Una época en la historia mexicana, en donde los ladrones —rateros no, que no es lo mismo— se ufanaban en robar limpiamente: sin soltar un tiro, sin matar a nadie, en muchas de las ocasiones sin siquiera mostrar su rostro.
Por otro lado, y de manera más cruenta, tenemos a La libertad del diablo. El macabro retrato de las consecuencias del narcotráfico y la corrupción, en donde a lo largo de entrevistas se nos cuentan historias de vida marcadas por la impunidad.
González tiene el acierto de colocarle a cada uno de sus entrevistados una máscara de tela, un poco por protección de identidad y otro poco para homogenizar el discurso del entrevistado. Sin rostros. Sin nombres. Sin edades. El rostro de los sin rostro podría encajar en el de cualquiera que lea estas líneas. La simbología detrás de este recurso es mucho más profunda de lo que pudiera llegarse a pensar.
El relato de una madre que busca a sus hijos secuestrados, a un par de hijas resignadas a no encontrar a su madre con vida después de haber sido molestadas en su hogar, la decepción de un militar desertor que teme por su vida, el relato de un hombre ultrajado por miembros de la policía o el relato de sicarios y sus más macabras acciones.
La libertad del diablo retrata eso precisamente: la libertad imparable del mal, de la herida que no cierra, tan fresca y tan vívida al día de hoy. ¿Quién es el diablo? ¿Cuál es el infierno? ¿Qué más le puedes hacer a un muerto si ya lo mataste? Se dice en algún momento del metraje, en la voz llena de amargura de hombre sin rostro, uno más.
Sin temor a equivocarnos, Everardo González es el mejor documentalista nacional, la entrega que pone en cada uno de sus trabajos resulta evidente en cada cuadro, sin ignorar el trabajo periodístico que hay detrás. Sin dramatización, sin recursos fáciles, tan solo dejando hablar a veces a los labios a veces a los ojos.

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/CR

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