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La máquina del terror

La máquina del terror

Columnas martes 02 de julio de 2019 - 04:01

A fines de los años 80, cuando ya había concluido el período de la dictadura militar en Argentina, conocí en Caracas a una pareja de argentinos, sobrevivientes de la máquina del terror que había sido la tristemente célebre ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada.

Leí varios libros, informes y documentos y podría decir que lo recuerdo con exactitud. Fue durante la Semana Santa de 1989. Fue un período febril.

Leí y lloraba, volvía a leer y a llorar. De aquello salí atónito, me atreví a preguntarle a Raúl y Lula, mis amigos argentinos, si ellos habían sido víctimas de todo aquel terror.

La ESMA fue máquina de terror. Se impuso la persecución y la tortura, eran comunes las violaciones. Los no pocos de los que sacaban de allí sencillamente eran lanzados al río de La Plata, en lo que comúnmente pasaron a ser conocidos como los vuelos de la muerte.

Aquella inmersión fue mi bautismo para emprender la defensa de los derechos humanos, a la que me había ido acercando paulatinamente a través de aquella década de los años 80 del siglo pasado.

Siendo venezolano, realmente estaba muy atrás en la memoria nacional la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y su temida Seguridad Nacional, en plena mitad del siglo XX.

“Cada cierto tiempo un testimonio directo de una víctima del chavismo nos viene a recordar, a propios y extraños, que el elefante sigue allí. Que la máquina del terror no descansa”. Lo he puesto entrecomillas ya que fue parte de un artículo mío la semana pasada, en estas mismas páginas.

La realidad, terca ella, viene a darnos otro reporte. Se suma otra víctima en Venezuela. Esta vez se trata de un militar, el capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo.

Fue asesinado mientras estaba recluido en la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM). Va forjando esta sigla una fama realmente nefasta.

El aparato de propaganda del régimen de Nicolás Maduro, de forma paradójica, contribuyó a dar una prueba de este hombre estaba sano, física y mentalmente, ya que se montó un video que buscaba enlodarlo. Este video terminó siendo prueba fehaciente de que el capitán estaba en perfectas condiciones al ser detenido. Una semana después, al ser presentado ante un juez militar ni siquiera podía sostenerse en pie, producto de las golpizas y torturas, según su esposa y defensores de derechos humanos. Este juez ordenó que lo llevaran a un hospital castrense, donde horas después falleció.

No menos contradictorio resultó ser el hecho de que Acosta Arévalo haya sido puesto en prisión e incomunicado en los mismos días en que estaba de visita, en Caracas, la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet.

La existencia de un centro de tortura habla tanto de una dictadura. Parece estar en su ADN. Lo que leí sobre Argentina es que una vez que la máquina del terror se activaba era ya muy difícil detenerla.

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/CR

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