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La muerte de Stalin
La muerte de Stalin

Columnas lunes 15 de octubre de 2018 - 09:44


Actualmente se encuentra en cartelera la película La muerte de Stalin, del director Armando Ianucci. Ianucci es reconocido como un gran humorista de la política. Hemos visto sus dones para ridiculizar el poder en series como The Thick of It, sobre el iracundo vocero de un ficticio gobierno británico y en Veep, sobre una vicepresidenta inepta e ignorante que anhela llegar a la Presidencia de Estados Unidos. Ianucci no deja títere con cabeza, para él todos los altos funcionarios y gobernantes son patéticos y absurdos en su solemnidad, pretensiones de grandeza y supuesta superioridad intelectual o política. Si usted ve cualquiera de sus series de televisión, tendrá la fortuna de nunca volver a respetar a ningún poderoso.

En su más reciente película, Ianucci retrata las horas finales del violentísimo dictador soviético. Ahí, vemos al monstruo encaprichado con la grabación de un concierto que escuchó por radio y su arbitraria selección de nombres para listas de “traidores” a quienes ordena ejecutar sumariamente. Contemplamos en toda su sanguinaria brutalidad a un autócrata que después de ordenar múltiples asesinatos, se entretiene con películas de John Wayne. “¿Qué fue de Trotski?” pregunta divertido. No obstante, lo más sobrecogedor del filme es el retrato de la adulación, lambisconería, la servidumbre autoimpuesta, el afán de agradar y la renuncia a toda dignidad de los colaboradores más cercanos a Stalin. Jruschov incluso escribe tarjetas para recordar qué tipo de chistes hacen reír a su jefe y cuáles no.

En esta exhibición fílmica del culto a la personalidad, nadie se atreve a contrariar a Stalin, nadie osa mencionar la crueldad de descalificar y matar sin juicio a todos sus opositores políticos. Todos los personajes han firmado una orden de asesinato o han denunciado y traicionado a cónyuges, amantes, familiares, amigos y compañeros en aras de la sobrevivencia personal. La totalidad de la sociedad rusa se doblega y aún después de muerto, acuden masivamente a rendir homenaje al dictador por el terror que les produce el entorno sobreviviente del estalinismo.

La película no tiene ningún toque dramático. A pesar de las barbaridades presentadas, está pintada con los colores de la comicidad y el absurdo. Atestiguamos la encarnizada lucha por conseguir influencia, poder y cercanía personal con el dictador entre Jruschov, Mólotov, Zhúkov y Malenkov, quienes despachan en fastuosos y gigantescos palacios ajenos a la austeridad comunista. Conocemos los encarcelamientos políticos de la disidencia, la absoluta indiferencia ante la vida humana de un sistema político presuntamente al servicio del pueblo.

Como todas las películas de tema histórico, ésta dirige un mensaje a las audiencias de nuestro tiempo. No en balde fue prohibida en la Rusia de Vladimir Putin. No deje de verla. Se va a reír y a preocupar.

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/CR

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