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La noche de bodas
La noche de bodas

Columnas jueves 04 de abril de 2019 - 01:37


Andaba de ocioso esperando que nuestro amado líder se disculpara con los dinosaurios porque el meteorito que acabó con ellos cayó en Yucatán, pero como no salió nada, me encontré entre mis libros un folletín

Hasta el diablo se cansa de la intensidad y lo vertiginoso que avanza la vida cotidiana bajo la sombra de la 4T, así que en esta ocasión, tomo un respiro para compartirles una joya que no tiene desperdicio, sobre todo para lectores y lectoras que están próximos a contraer matrimonio en primera vuelta.


Andaba de ocioso esperando que nuestro amado líder se disculpara con los dinosaurios porque el meteorito que acabó con ellos cayó en Yucatán o en espera de alguna otra nota polémica para escribir al respecto, pero como no salió nada, me encontré entre mis libros un folletín —de esas rarezas que abundan en las librerías de viejo de la calle de Donceles— titulado: La noche de la boda. Consejos íntimos.

El pie de imprenta señala el año de 1968, pero por el tono, el tratamiento y el lenguaje del texto debe ser de finales del siglo XIX, porque entre los muchos consejos que ofrece el manual para la noche de bodas, este huele a rancio, pero no tiene desperdicio:

“Cuando esté la joven más confiada, le acariciará todo el cuerpo con las manos y lo cubrirá de besos, le pondrá las manos sobre las nalgas y las tocará con cuidado; después pasará a las ingles, y si ella le aparta las manos, el esposo le dirá ‘¡Qué hay de malo en esto?’ y de este modo la convencerá de que debe dejarle que la siga acariciando. Después le expresará su amor haciendo protestas de fidelidad y jurándole que ella sola ocupará constantemente su corazón. Por fin cuando haya vencido la timidez de la joven, consumará la unión y gozará de la esposa sin torturarla”. Carajo, los manuales siempre llegan tarde.

Y es que la retórica del manual está a tono con lo que la prensa diaria de finales del siglo XIX —hecha por hombres y para hombres— solía abordar de vez en cuando. En plena modernidad porfirista, si había un manual para la noche de bodas, ¿por qué no plantear algunos lineamientos, una suerte de guía para que el sexo masculino no se equivocara al elegir la que debía ser su compañera para toda la vida y la madre de sus futuros hijos?

El Diario del Hogar, en su edición del 12 de junio de 1883, entregó a sus lectores masculinos —machos alfa, lomos plateados, súper plus, bonus track— una clasificación de la mujer —muy bizarra, valga el término—, que provenía de la “aguda y metódica” observación del entonces llamado bello sexo que no tenía ningún sustento ni sentido alguno, pero que pareció gustar a los lectores.

Según el periódico fundado por Filomeno Mata, “las jóvenes a quienes gustan los pájaros, son por lo regular afectas al canto y a la música y tienen un fino oído musical”, pero ya entrados en gastos, aquellas mujeres que demostraran su amor por los loros y los pericos no tenían pierde: debían ser buenas conversadoras, amenas e interesantes en la charla, aunque adolecían de un par de inconvenientes “eran amigas del lenguaje disparatado de los niños y de la murmuración”.

Si el hombre quería echar pasión, debía buscar mujeres a la que les gustaran los niños y fueran afectas a mimarlos, ellas sin lugar a dudas “eran propensas a los placeres del himeneo” —vayan ustedes a saber cómo llegaron a esa conclusión los editores.

El panorama se ponía oscuro si la novia en cuestión aborrecía a los niños y se desquiciaba con sus llantos. Aunque podían derretir la mirada masculina con su belleza, ¡cuidado! decía la nota, “no han nacido para el hogar y les gustaría mejor ser cortesanas”. Había de todo, como en botica. “Las que aman el lujo y el exceso en el atavío, desean encubrir la falta de cualidades morales de que su conciencia las acusa. Las que son descuidadas en su aseo personal, indican mucha ligereza de carácter y poca estimación de sí mismas, y ven con indiferencia su honor”.

¿Cómo era entonces, la mujer perfecta? El Diario del Hogar daba su respuesta contundente: “Las que son aseadas y limpias y amigas de la laboriosidad y de la instrucción harán buenas madres de familia, excelentes esposas y amarteladas hijas. De estas son de las que deben buscarse cuando un hombre desea casarse para ser feliz”.

Entonces sí, los hombres ya podían pensar en formar un hogar y prepararse finalmente para la noche de bodas.

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/CR

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