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La pasión según san pueblo

La pasión según san pueblo

Columnas jueves 18 de abril de 2019 - 01:37


La pasión de Cristo en Iztapalapa no es nada comparada con la pasión desatada por nuestro amado líder con su dichoso memorándum para derogar la Reforma Educativa neoliberal impuesta desde el extranjero pasándose por el arco del triunfo la Constitución. Y mientras la CNTE le puso la corona de espinas a la 4T y el presidente, como el sabio Salomón, dijo que la justicia es primero, incluso por encima de la ley y háganle como quieran, yo prefiero no entrar en debates ni confrontaciones porque son días de guardar y de penitencia, por eso aquí les traigo esta apasionante historia.

A lo largo del siglo XIX, durante la Semana Santa las pasiones se desbordaban en los pueblos cercanos a la ciudad. Tacubaya, San Ángel, Coyoacán, Tacuba, además de Iztapalapa, eran los lugares adecuados para observar la pasión de Cristo con toda la pasión que afloraba entre los parroquianos.

“Desde los primeros días de Cuaresma —escribió Guillermo Prieto sobre lo que sucedía en Tacubaya— el agudo sonido de un pito y el redoble de un tambor convocaban por todos los ángulos del pueblo a los actores que debían representar el drama del Calvario. Las discusiones sobre cada una de las candidaturas eran escandalosísimas, anunciando victorias y derrotas, semblantes alegres o iracundos, exclamaciones estrepitosas, lluvias de puñetes y picardías: todo con muy cristianos fines”.

La gente se disfrazaba esperando la oportunidad de acompañar a Jesús en su terrible destino. Por las calles de Coyoacán y Tacubaya caminaban judíos, fariseos, centuriones, vírgenes, apóstoles, Judas, Pilatos y Cristos que por un instante convertían a los mexicanísimos pueblos en la Jerusalén de los primeros años de la era cristiana.

Los afortunados ganadores debían generalmente sus papeles a una democrática elección que si bien en ocasiones se resolvía a golpes, era reconocida por el pueblo. Había un personaje que la mayoría de los hombres deseaba representar y no era Cristo. Era un papel menor, pero les permitía lucirse ante las mujeres que acudían a la representación. No era ninguno de los apóstoles y mucho menos Judas: era el Centurión. No hablaba, pero cabalgaba siguiendo los pasos de Cristo hasta su Calvario; corría de un lado a otro de la procesión, caracoleaba el caballo, en pocas palabras se lucía. Ser el Centurión era símbolo de hombría.

La pasión de Jesús y las grandes cantidades de bebidas espirituosas ingeridas en esos días —que recordaba más a las Bodas de Caná, pero con pulque— desataban los enconos y rencillas de muchos pueblerinos. La escena de la aprehensión de Cristo se convertía en una batalla campal en la que los apóstoles se enfrentaban a golpes con los romanos evitando así la aprehensión de Cristo, pero como no podían cambiar las sagradas escrituras, tenían que entregarlo finalmente a su destino previa cruda. La pasión según san pueblo.

Al Salvador no le iba mejor, con excepción de los clavos, sufría casi lo mismo que el verdadero Cristo. “Será un milagro si sobrevive a los trabajos de este día”, escribió asombrada la marquesa Calderón de la Barca, luego de atestiguar que la persona elegida para revivir a Cristo pasaba literalmente “las de Caín” —aunque este personaje fuera de otro episodio bíblico.

Entre devociones, pasiones y juegos de azar transcurrieron las festividades de Semana Santa en el siglo XIX. Días de reflexión y recogimiento, la muerte de Cristo abría por un instante el corazón del devoto país que iniciaba su vida independiente para mostrar, sin velos, su propia pasión —festiva, alegre, religiosa— que inmejorablemente describió Guillermo Prieto en el gran final:

“De repente se enciende la gran llama del cirio Pascual; rásganse los velos de los altares; resuenan el órgano y los cánticos de gloria; repican las campanas, truenan los Judas, corren despavoridos los perros, arman gresca los muchachos, los sayones corren, despechados, a las afueras del pueblo entre silbidos, a las puertas de las pulquerías y vinaterías y en las esquinas se dan sendas golpizas cristianos y judíos, de puro gusto, de ver que ha resucitado el Salvador del mundo”.

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/CR

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