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La semana no tan santa
La semana no tan santa

Columnas martes 16 de abril de 2019 - 01:51


No sé si estos días sean muy santos, pero por lo pronto decidí hacer mi propia tregua de Semana Santa porque ya estoy hasta la madre de las mañaneras, de los fanáticos de la 4T y de los fanáticos anti-4T y eso que apenas llevamos cuatro meses y medio del nuevo gobierno que cada vez se va pareciendo más a los viejos gobiernos, salvo por la retórica de que todo, absolutamente todo, estaba mal antes y ahora con la luz de la 4T no volveremos nunca más a vivir en las tinieblas, siempre y cuando no haya apagones.

Pero mientras todo eso sucede, quiero contarles cómo era la Semana Santa en el siglo XIX. Por entonces los Días Santos definían la vida cotidiana, que junto con la Navidad, el día de la virgen de Guadalupe y el jueves de Corpus Christi eran las celebraciones religiosas del año, tanto así, que el propio Benito Juárez las incorporó a las leyes de Reforma como fechas de asueto oficial –claro, después de haber borrado como 8 mil fiestas más que no le daban tregua a nadie.

Desde el inicio de la Cuaresma, largo preludio de la Semana Santa, algo se transformaba en el ambiente. Comenzaban los preparativos que culminaban con la semana mayor que comenzaba con el domingo de Ramos, a partir de ahí, agárrense, todo mundo a mortificar el alma, o casi todo mundo.

Los muy devotos y disciplinados en la religión católica, además de mortificar el cuerpo y alma a través del sacrificio, la penitencia, el ayuno y los rezos destinados para la ocasión, asistían a las solemnes y fastuosas procesiones, los oficios, el lavatorio de pies, el viacrucis, la visita a las siete casas y toda clase de ceremonias.

Los fieles un poco más relajados no olvidaban que eran días de guardar, pero conmemoraban a Cristo de otro modo: dejaban atrás la Ciudad de México y asistían a las diversas representaciones de la Pasión escenificadas en los pueblos cercanos a lacapital del país: Tacubaya, Coyoacán, San Ángel, Tacuba e Iztapalapa –desde 1833– A su juicio no había mejor opción que compartir con Jesucristo sus momentos de dolor y regocijarse junto a él en la Resurrección.

Los no muy fieles ni muy devotos, acudían a otra clase de pasión —no la del Salvador—, sino la del juego y la diversión que se permitía abiertamente en San Agustín de las Cuevas —hoy Tlalpan—, paradisiaco lugar, donde los días santos se vivían entre la penitencia del que perdía en las cartas y en los gallos o el que expiaba sus pecados apostando a los albures y bebiendo pulque.

Tlalpan fue así, durante años, Las Vegas mexicana, no había un respiro, un minuto para descansar, todo era una juerga inmensa de jueves santo a domingo de Resurrección. Incluso, la gente humilde solía hacer una “vaquita” y enviaban a un conocido con la esperanza de que multiplicaría su lana.

“San Agustín de las Cuevas —escribió la marquesa Calderón de la Barca hacia 1839, al oír tu nombre ¡cuántos corazones palpitan de emoción! ¡Qué de manos registran maquinalmente los bolsillos vacíos! ¡Cuántas visiones de onzas de oro, que se fueron para siempre, no pasan por delante de los ojos angustiados! ¡Cómo se oye de nuevo el apagado cacareo de los gallos heridos! ¡Qué rasguear de guitarras y tocar de trompetas vuelven a escucharse!”.

Las mujeres podían llegar a cambiar hasta cinco veces su atuendo en una sola jornada dependiendo de las actividades a las que asistieran: corridas de toros, peleas de gallos, carreras de caballos, salón de juego. Y siempre al último grito de la moda de entonces.

Entre 1833 y 1855, la única persona que rara vez no asistía a San Agustín de las Cuevas en los días santos, era el más tahúr de los tahúres: Antonio López de Santa Anna, al principio era el señor presidente (1833), luego “el que no pagaba”, así que todos le huían.

Al respecto, Guillermo Prieto escribió: “Santa Anna era el alma de este emporio del desbarajuste. Era de verlo en la partida, rodeado de los potentados del agio, dibujando el albur, tomando del dinero, confundido con oficiales subalternos; pedía y no pagaba, se le celebraban como gracias trampas indignas y cuando se creía que languidecía el juego, el bello sexo concedía sus sonrisas”.

Así era la semana no tan santa, al sur de la Ciudad de México.

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/CR

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