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La sonrisa

La sonrisa

Columnas miércoles 31 de julio de 2019 - 02:45

Las instituciones famélicas, la economía en un pantano, la inseguridad que todo arrasa, luces de información y análisis que se apagan. Con militarización, confiscaciones a modo y prisión automática como armas que no van dirigidas contra el crimen, y con el discurso predominante obsesionado con la mentira y la amenaza permanentes, se despeja el espacio para las persecuciones políticas en forma. En la vorágine de un desarreglo que hará época, se nos viene encima, inexorable, el sórdido horizonte que hoy promueven con febril empeño la mediocridad y la venganza. Quizá el apoyo que aún muestran las encuestas refleje en alguna medida la esperanza que, por serlo, busca retardar su salida, pues la que viene atrás, gritando, es la angustia.


Ninguna encuesta, ni desde luego las mentes binarias, pueden reflejar el caleidoscopio de sentimientos e interpretaciones que se cruzan todo el tiempo, en todos los tonos, en todo el país. Pero eventualmente casi todo se puede entender, empezando por las posturas políticas más aberrantes, que suelen ser las más primarias y las más obvias. Lo mismo pasa con los acomodos de los poderosos, los abyectos de siempre. Con excepciones que hoy brillan más que nunca, su egoísmo es proverbial, y nadie esperaría de nuestras “élites” algo diferente... Salvo quizá las buenas conciencias, muchas de ellas aterrizadas en intelectuales, académicos o consultores, o privilegiados culposos varios, todos
los que solían atraer simpatías por prudentes... y culposos. Esos, hoy, inspiran otra cosa. Son los que, contando con información y con posición, muchos incluso con foros y opinión publicada; es decir, con mayor responsabilidad, mantienen su alergia al compromiso, aun cuando el barco, ése en el que ocupan camarotes de primera, se hunde. Desde luego, no es que no entiendan, o no intuyan, el descarrilamiento del país, pero se dicen demócratas, y eso implica, según ellos, la obligación de salpicar “sensatez y sensibilidad” como si fueran agua bendita. Porque lo que procede es remarle y no importunar al gran timonel, que finalmente tiene buenas intenciones, dicen. Con ingenuidad impostada, son los omisos de siempre, comprensivos y permisivos hasta el final, tolerantes con los intolerantes, pero siempre prestos a soltar admoniciones a quienes apuntan que hay algo torcido y cruel en el ambiente.

“Le habrán pasado mal el dato”. “Lo engañan”. “Tiene mal equipo”. “Está mal, pero hay que recordar que…”. “Cómo es posible”que hoy quiera destruir lo que antes le sirvió. “Lamentable” tal cosa; “desafortunado” esto otro… Y es que hay cosas peores que la destrucción del Estado; cosas como, por ejemplo, la corrección política, la aureola técnica, el “mandato” de la chamba.

Y entonces vienen a la mente esas obras maestras del totalitarismo, los juicios en los que el tiempo que queda de vida sirve para disculpar al verdugo… mientras alguien sonríe desde temprano cada mañana.

•Director general de Causa en Común.

@japolooteyza

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/CR

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