La vida según Karl
La vida según Karl

Entornos miércoles 20 de febrero de 2019 - 04:44


Soy solo un testigo. Un egoísta espectador que no se cansa de observar al mundo desde su palco. Y tanto mejor si es un palco bien decorado. Allí me encuentro mejor que en el escenario, puesto que hoy el espectáculo está en la sala. Una representación a veces horrible, pero siempre interesante. Me gustaría vivir ciento veinte años más para poder ver cómo evolucionará el mundo.

Aborrezco las vacaciones. Son algo para aquellos que hacen siempre lo mismo sin moverse de un sitio. Paso mi vida corriendo entre Milán, París y Nueva York, trabajando veinte horas al día sin que nadie me apremie a hacerlo. Soy el epítome del profesional independiente.

Nunca he fumado, bebido ni consumido drogas, pero no puedo aguantar a los cascarrabias puritanos y petimetres (como yo). Más bien todo lo contrario: adoro solamente a quienes fuman, beben y se ponen, a quienes hacen todo lo que yo no me permito. Hay quienes nacieron para destruirse, cosa que admiro, pero yo estoy hecho para sobrevivir. En mí, el instinto de conservación es lo primero. No me ha ido mal. Solo hago triples mortales con red de seguridad.

Construyo mi propia realidad. He ideado un sistema para apañármelas en la vida. Saboreo el lujo de estar en el centro de ese universo intacto que es el mío.

Me gusta hacer con el mundo lo mismo que Jean Rostand hacía con un insecto: escudriñarlo. Detesto que sea a mí a quien observen. Pero me importa un bledo que al final me acaben mirando: actúo las veinticuatro horas del día. Incluso estando solo.

Me gusta que me envuelva la música, rodeado por mis libros y papeles y, así, trazar mis diseños y meditar sobre mi trabajo. Vaciar la mente y escribir cartas. Nunca me siento solo. La soledad, para mí, es ser viejo, pobre, estar enfermo y no tener a nadie que te cuide. Pero a poco que seas conocido y dispongas de algún dinero, estar solo es el súmmum del lujo. Aunque hay que batallar por ello.

Estoy a favor de que los días tengan cuarenta y ocho horas. Veinticuatro no me bastan.

Desde que era joven, todo mi capital ha consistido en trabajar más que los demás para mostrar su inutilidad.

No soy una persona sesuda, las cosas se me ocurren solas. Trabajo instintivamente, sin hacerme un montón de preguntas.

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