La voz del bailarín
La voz del bailarín

viernes 01 de marzo de 2019 - 05:16


CASANDRA RÍZ

El arte prohíbe el egoísmo. Si las futuras generaciones de artistas se excluyen una de otra y olvidan que la literatura ha inspirado a los compositores, estamos todos destinados al fracaso. Cuando se limita el vocabulario creativo a un único tipo de expresión, se retrasa el crecimiento del arte; porque sólo de la síntesis de los mundos nacerá un nuevo género.

La alucinante propuesta que se encuentra hoy en día, y cada vez más desde los años setenta, es la unión de la danza con el teatro; esta posibilidad se mencionó por primera vez en la segunda década del siglo XX. Como ha sucedido con las nuevas corrientes, la danza-teatro ha sido criticada y aclamada por igual; y un siglo después muchos coreógrafos no pueden separarse de ella. El atractivo de la danza-teatro es que lleva a la audiencia a un recinto parecido al cine; las obras de este género están compuestas de episodios con variados personajes, lugares, e incluso, la voz del bailarín. El referente más cercano que se tiene a la danza-teatro es la obra Anna Pávlova e Isadora Duncan:

Diálogos, que concluyó una exitosa temporada el 3 de febrero pasado, en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, a cargo de la Dirección de Danza de la UNAM. La coreógrafa Tatiana Zugazagoitia colocó a las destacadas bailarinas en una estación de tren, cuyo destino sería el más allá; al darse cuenta que su transporte tardaría, se da una plática que las llevará a temas tan íntimos como filosóficos. La obra ha fascinado por desempolvar los extravagantes solos de Isadora, por las piezas de nueva creación y los fragmentos de ballet clásico. Empero, debe mencionarse que el elemento superior es lo que nos cuentan estos dos íconos: historias vividas, trágicos incidentes y un vistazo al futuro que nunca verán; establecen así una vez más que la riqueza del arte no conoce límites. Desafortunadamente, aunque ya sea común apreciarlo, la noción de danza-teatro como un nuevo género para crear danza, está en la mente de unos cuantos y en la danza de muy pocos.

Rudolf von Laban, coreógrafo y arquitecto húngaro, es reconocido por haber estudiado a profundidad el movimiento en todo lo existente; de dicho análisis ha creado la llamada Notación Laban como la única manera de escribir y describir teatro, danza y deporte. En su quehacer artístico Laban tomó como principales componentes el cuerpo, el espacio y la energía aplicada, experimentó con el tiempo como un ritmo dentro del cual sucede la vida, y una actuación inherente que el intérprete debe entender como consecuencia de cualquier acción; el resultado fue el vástago de la danza-teatro y las primeras gotas de agua que recibió ese retoño fueron extraídas del expresionismo. Pasado el naturalismo y el impresionismo, el expresionismo buscaba dar rostro a todo aquello que incomoda o enternece; la danza-teatro supo adecuarse a esta corriente introduciendo una gestualidad que antecede al arte del mimo, reconocible en la obra de Laban Agamemnons Tod (1924).

Como asistente de Laban, el coreógrafo y bailarín Kurt Jooss, continuó con la tradición. Fundó en Essen la escuela Folkwang y la compañía Tanztheater, que obtuvo reconocimiento internacional con su ballet La Mesa Verde (1932). Jooss arrasó innegablemente por introducir escenografía teatral, representaciones dramáticas y un discurso político que no se había visto; los temas centrales de sus piezas contenían fuertes críticas y un estilizado espectáculo de lo terrible. Es precisamente en la escuela Folkwang donde comienza sus estudios quien será la siguiente exponente de la danza-teatro, Pina Bausch. Pina se graduó para después estudiar unos años en Estados Unidos, donde aprendió con figuras de la talla de José Limón y Herbert Ross; a su regreso bailó con el Folkwang Tanztheater y posteriormente, lo dirigió entre 1968 y 1973. El mismo año que dejó la dirección fundó su compañía, el Tanztheater Wuppertal; y en 1975 se catapultó a las regiones más lejanas con su maravillosa versión de La consagración de la primavera. Bausch dio inició a la danza-teatro como la conocemos hoy en día; su movimiento contenía gran carga actoral, desde sonidos cortos hasta gritos, risas y palabras dirigidas al público: Agregó un tono filosófico al argumento e hizo evidente la necesidad humana de un vínculo amoroso, el olvido y la muerte, sin olvidar que nos situó en su famoso Café Müller (1978).

Un excelente ejemplo de danza-teatro actual se encuentra en el Nederlands Dans Theater de Holanda, que ha dado vida a las obras más ricas de los grandes coreógrafos de nuestros tiempos; personajes osados, innovadores e impredecibles han logrado la síntesis de dos mundos para crear uno nuevo. Jiří Kylián, Hans van Manen, Paul Lightfoot, Alexander Ekamn y Sol León son sólo algunos de los residentes y maestros que continúan explotando los mismos recursos: gesto, voz, escenografía y movimiento; para así encontrar la más pura expresión dramática del cuerpo.

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