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La xenofobia es la estupidez estructural de nuestra especie: Jordi Soler

La xenofobia es la estupidez estructural de nuestra especie: Jordi Soler

Entornos martes 06 de agosto de 2019 - 05:07


POR MARTHA ROJAS

Jordi Soler tiene 56 años. Un escritor mexicano radicado en Barcelona, cuya primera novela, Bocafloja (1994) lo convirtió en uno de las voces literarias más imaginativas e importantes de la narrativa contemporánea. Su genealogía —ligada indiscutiblemente al exilio español — es la historia de una narrativa que se alimenta de las fauces de la historia, la memoria, la sonoridad del lenguaje y la riqueza de dos mundos que confluyeron en Dublín, Irlanda. Un punto emocionalmente equidistante entre su amado México y la Barcelona de su cotidianidad.

La Portuguesa, esa selva de Veracruz que lo vio nacer, es revisitada una y otra vez por ese autor que se define ante todo como un poeta.

Los rojos de ultramar (2004) que narra cómo sus padres, refugiados catalanes, llegaron a México; La última hora del último día (2007) cuyo telón de fondo es la Guerra Civil española y La fiesta del oso (2009) en el que intenta descubrir el paradero del hermano de su abuelo (Francesc) —desaparecido un febrero de 1939 en los Pirineos, en plena huída del ejército republicano— son la arqueología de un escritor que sin ser historiador escarba en las profundidades de la memoria personal para reconstruir un exilio que sabe a nostalgia y esperanza, y que encuentra su cauce final en La guerra perdida (Alfaguara, 2019).

Con este volumen, que reúne la trilogía, Soler reconstruye las sonoridades de su infancia y las posibilidades que brinda o quita nacer en uno u otro sitio.

¿Cómo marcó el exilio de tu familia tu vida y tu escritura?

Mi vida está marcada por esa guerra que perdió mi abuelo por la vida de una familia que cuando yo era niño anhelaba España, un país al que ya no podía regresar. Primero porque, mientras vivió Franco,pesaban órdenes de aprehensión contra mi abuelo por crímenes de guerra y luego porque no pudo, porque ya no era su Barcelona, no era la Barcelona triste, oscura y húmeda que conocieron, sino la ciudad glamorosa, el destino turístico y célebre que todos quieren visitar. La ciudad que ahora es la de mis hijos y la de mi cotidianidad. Ahora ya no es suya sino de sus hijos y sus nietos.

En tu vida la migración ha sido un eje ¿Cómo percibes el ascenso de la ultraderecha en Europa y la xenofobia de Trump?

Miro con alivio que, en España, donde parecía que iba a arrasar, la ultraderecha quedó marginada. Me da alegría que la sensatez derrotó a la ultraderecha, pero el ultranacionalismo puede crecer en todas partes. Esa pulsión podría nacer en cualquier momento en México y hace no mucho lo noté en Twitter con la caravana migrante. La ultraderecha es un tema que me preocupa y me repugna. La fobia del mexicano hacia el hondureño es igual de ridícula que la de un francés hacia un árabe. La xenofobia es la estupidez estructural de nuestra especie.

En estas novelas ¿dónde acaba la ficción y empieza la realidad de tu infancia?

La ficción me sirvió para jerarquizar la realidad porque la realidad es muy desordenada. Ahí todo es anárquico y convulso. La ficción permite a los
escritores reordenarla. Pero todo lo que transcurre ahí ocurrió. Todos los exiliados recalaban en Veracruz. Los de primera categoría partían a la Ciudad de México: políticos, escritores, artistas...; los de tercera como mi abuelo, que era teniente de artillería en un batallón del ejército republicano, pensaban que era mejor, que era más fácil ganarse la vida en un pueblo que en una ciudad. Fue ahí en donde conoció a catalanes que hablaban catalán, algo que para él era importante, y formó una comunidad de catalanes en la selva. Una comunidad que hablaba una lengua, rodeada de vecinos que hablaban otra, en una circunferencia en donde predominaba el español.

Mi hermano Juan y yo crecimos ahí, hablábamos catalán y jugábamos en catalán, los niños otmíes lo hacían en otomí. Yo sabía decir palabras que se mezclaban con el catalán y que resultaron en intercambios muy ricos y muy literarios, que casi nunca llegaban a ningún lado y que a mí me sirvieron para dotarme de cierta estereofonía.

¿Cómo influyó el lenguaje en la construcción de tu mundo?

El lenguaje es determinante. Tiene una gran porción de sonido y música. N doy una página por buena hasta que la leo en voz alta y suena bien. Los escritores que más me seducen son lo que se preocupan por el sonido.

Soy miembro de una orden de caballería en Irlanda inspirada en Joyce, Guillermo Cabrera Infante es otro cuya prosa suena y apetece leerla o Juan Carlos Onetti, que suena a tango, a milonga a Sudamérica. El sonido es muy importante y está dado por el multilingüismo así que cuando uno de niño está expuesto a varias lenguas es la puerta de entrada a otras realidades y sonoridades.

¿A qué suena Jordi Soler?

No sé a que sueno, pero lo cierto es que todos construimos una huella digital particular. Me parece imposible dar una opinión porque yo produzco esas novelas. Estoy demasiado cerca.

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YC/CR

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