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Las crisis que vienen

Las crisis que vienen

Columnas martes 05 de noviembre de 2019 - 23:20

A veces vivir en el solipsismo de la coyuntura es tranquilizador. Es más reconfortante vivir como si todo el día, todo el tiempo, viviéramos en crisis (como pretenden los medios de comunicación), pero crisis domésticas, bien delimitadas, y sobre todo comprensibles por todos. Eso permite a los partidarios del gobierno o de la oposición insultarse a gusto, pero sobre todo, creer que tienen la solución a los problemas y que, tarde o temprano, el problema se resolverá o ante el fracaso ellos podrán decir “se los dije”.

En este contexto, es cómodo angustiarse por “el crecimiento económico” aunque no se tenga idea de qué implica eso, para quién, ni hasta cuándo. Al final del día, los más preocupados se agobian desde sus iphones, mientras comen (osea que sí comen) luego de quejarse de su trabajo (porque tienen trabajo). Los que viven debajo de esa línea no tienen tiempo para estar muy politizados que digamos. Por eso perder horas, días, ríos de tinta en especular si Ovidio traía una camisa diferente en una foto o en un video, si los Uber deberían entrar a los aeropuertos o si la señora debía saber que pueden grabarla, siendo ella secretaria de Estado y todo. No es que eso no importe, sino que no importará por mucho tiempo.

También es parte de la idiosincracia clasemediera nacional asustarse mucho, de preferencia en público, en reuniones sociales, por la gran inseguridad que se vive en el país. Esto es una demostración de conciencia social a la vez que una afirmación de estatus. Implícitamente, si estoy tan alarmado de que haya gente fea asaltando gente bonita, estoy en el cajón de esta última, de la gente decente, la gente bien, esa que, a diferencia de los ricos y los pobres, merece lo que tiene: “Los demás son rentistas o arrimados del gobierno, el trabajador soy yo”.

Esa dinámica de corto plazo conviene a todos: los diarios venden, los gobernantes contienen (o dizque resuelven, en un buen día) y los ciudadanos juzgamos. A todos, mucho. Lo haríamos mejor nosotros, todo. Lo malo es que hay crisis inminentes que, aunque son manifiestas, pocos abordan con seriedad. Los gobiernos no lo hacen porque no son problemas solubles en el corto plazo; los medios no se interesan porque sólo la coyuntura vende, y los ciudadanos jugamos el juego del creador de los autos de ocho cilindros: creer que la gasolina es gratuita e infinita.

Hay tres problemas estructurales de los que conviene hablar, y mucho, en este y otros espacios, durante varias semanas. Vienen para todo el mundo, y no hay solución en el horizonte: la crisis energética, el estrés hídrico y la quiebra del sistema de pensiones. Combustible, luz eléctrica, agua y dinero para la jubilación. Eso se está acabando, y mientras estamos en lo de las camisas distintas. Hablando de cortinas de humo.

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/CR

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