Las enfermedades del remedio

Las enfermedades del remedio

Columnas jueves 04 de julio de 2019 - 04:11


A nadie le extrañará este caso común. Un paciente atiende un examen de rutina para verificar su estado de salud y encuentra, oculto entre sus órganos, un pequeño pero potencial riesgo para su vida. El médico que interpreta el estudio, convencido de la necesidad de erradicar el problema de forma radical, decide extirpar el órgano entero. A la postre, la transformadora intervención del médico termina por deteriorar la salud del paciente más de lo que hubiera hecho la enfermedad inicial.

Si quisiéramos identificar al culpable de esta penosa negligencia podríamos hablar de la pobre interpretación del galeno o de la ciega confianza del paciente que decidió aceptar sus cuestionables decisiones. El médico, por otra parte, podría lavarse las manos al asegurar que la situación del paciente ameritaba acciones radicales, una transformación.

Valdría la pena imaginar que sucede algo parecido con las instituciones públicas en México. Instituciones que no son más que la labor cotidiana, en muchos casos aburrida y burocrática, de millones de mexicanos. Son las áreas funcionales de un gobierno que, como todos, emite documentos, ofrece becas, elabora proyectos, da atención médica o se dedica a la casi siempre fallida labor de comunicar sus labores. Hay algunas instituciones que han hecho labores extraordinarias para el bien del país gracias al talento y a la dedicación de las personas que las forman. Otras, seguramente, no tanto. Lo cierto es que, en el fondo, nuestro Gobierno no es más que el trabajo bien o mal hecho de millones de mexicanos.

Esta larga perorata es sólo para denunciar que el Presidente, a un año de ser elegido, nos ha demostrado que su Gobierno entiende a las instituciones públicas como un problema. Las únicas instituciones que a sus ojos son rescatables son aquellas que se someten a su dominio y control absoluto. A su parecer, todas las demás instituciones pueden estar infectas de la abominable corrupción. Una enfermedad que, desde la visión presidencial, sólo puede curarse con su destrucción absoluta —algo semejante a extraer el intestino para curar un dolor de estómago.

Lo cierto es que el mensaje funciona porque es creíble para el paciente. Los mexicanos estamos tan acostumbrados a tener una visión fundamentalmente negativa de lo que proviene de gobierno que preferimos el linchamiento absoluto de las instituciones, antes que el intento genuino por mejorarlas. A golpe de declaraciones mañaneras, el curandero de las dolencias del país se ha dedicado a asegurarnos que la única solución para la corrupción es la amputación de estas instituciones, aunque en ese corte se vayan también los trabajos, las vidas y las esperanzas de millones de mexicanos.

Tal vez es demasiado pedir al nuevo Gobierno que aproveche su enorme aprobación para corregir los espacios de opacidad o corrupción en las instituciones en lugar de cercenarlas. Al igual que en el caso del médico negligente, tendremos que esperar a que las consecuencias se hagan visibles. Ojalá el resultado de destruir la actividad del Gobierno no termine siendo más costosa que la lacerante corrupción. Tendremos que esperar para ver las enfermedades que venían en el remedio.

•Especialista en comunicación pública.
Tw: @Torhton

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/CR

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