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Las indiscreciones de Virginia Woolf

Las indiscreciones de Virginia Woolf

Columnas viernes 09 de agosto de 2019 - 02:57

Además de la gran escritora que fue, Virginia Woolf dedicó tres décadas de su vida a la crítica literaria. Una de las más recientes compilaciones de sus ensayos críticos y reseñas literarias, inéditas en español, fue la que realizó María del Carmen Espínola Rosillo y tradujo Miguel Ángel Martínez-Cabezapara Abada Editores (2013). En el ensayo titulado “Indiscreciones” que publicó en la revista Vogue en 1924 menciona a algunos escritores ingleses con una mirada totalmente novedosa y un especial sentido del humor. Reproduzco aquí un fragmento de ese singular ensayo.

Siempre resulta indiscreto mencionar nuestros afectos. Sin embargo, ¡cómo prevalecen, cómo impregnan todas nuestras relaciones! Al subir a un ómnibus nos gusta el cobrador; en un tienda la dependienta nos cae bien o mal; a través de todo el tráfico y la rutina seguimos nuestro camino con simpatías y antipatías, y todo el día está teñido e impregnado de afectos. Y lo mismo sucede con las lecturas. El crítico puede ser capaz de abstraer la esencia y disfrutarla con tranquilidad, pero para el resto de nosotros en cada libro hay algo –sexo, carácter, temperamento– que, igual que en la vida, provoca el afecto o el rechazo; e igual que en la vida, oscila y predispone; y también igual que en la vida, apenas puede ser analizado racionalmente.

George Eliot [autora de Middlemarch, El molino del Floss] es un buen ejemplo. Dicen que su reputación está menguando y, en efecto, ¿cómo podría ser de otro modo? Su nariz grande, su ojos diminutos, su cabeza pesada y caballuna surgen amenazadores por detrás de las páginas impresas e incomodan al crítico del otro sexo. Éste no tiene más remedio que alabar pero es incapaz de amar; y por más absoluta y austera que sea su devoción al principio de que el arte no tiene trato con la personalidad, sin embargo cuando analiza las dotes de la escritora y desenmascara sus pretensiones, se percibe en su voz, en los libros de texto y los artículos que no querría que George Eliot fuera quien le sirviera el té. Por otra parte, exquisita y cortésmente, Jane Austen [autora de Orgullo y Prejuicio] vierte el té de la tetera más sobria a la mejor porcelana y mientras lo sirve sonríe, cautiva y se revaloriza –esto también se abre paso en las austeras páginas de la crítica inglesa–.

Pero puesto que las mujeres no sólo leen sino que a veces garabatean una nota con sus opiniones, ahora quizá sea pertinente indagar sobre sus preferencias, su igualmente callada pero igualmente instintiva respuesta al atractivo y la repulsión del sexo están naturalmente entre los más importantes. Uno puede escucharlos crepitando y chisporroteando y dándole una agradable viveza a la insipidez del periodismo semanal. En las altas esferas estas mismas impurezas sirven para emplumar las flechas y dar alas a la mente para que vuele con más rapidez aunque sea más caprichosamente. Algún ajuste antes de leer resulta esencial. Byron es el primer nombre que viene a la mente. Pero ninguna mujer amó jamás a Byron; se sometieron a la convención; hicieron lo que se les dijo que hicieran; enloquecieron tal como se les requería. Insoportablemente condescendiente, indeciblemente vanidoso. Un maniquí para poner en un escaparate, mezcla de bravucón y perro faldero, un momento intimidando y al siguiente flotando entre vapores de sensiblería, tedioso, egoísta y melodramático, el personaje de Byron es el menos atractivo en la historia de las letras. Pero no es de extrañar que todos los hombres estuvieran enamorados de él. Delante de ellos debe haber sido irresistible; brillante y valiente; enérgico y satírico; categórico y asombroso; conquistador de mujeres y camarada de héroes –todo aquello que creen ser los hombres fuertes y por lo que los débiles los envidian–. Pero para enamorarse de Byron, para disfrutar de Don Juan y de las cartas plenamente, obviamente uno tiene que ser un hombre; o, si es del otro sexo, disimularlo.

Con [John] Keats [poeta, autor de La bella dama sin piedad] no hace falta tal disimulo. En verdad su nombre ha de mencionaarse con timidez por miedo a que el pensamiento de un personaje dotado como él con las cualidades más excepcionales que los seres humanos poseen –genio, sensibilidad, dignidad, sabiduría– nos haga caer en el mero panegírico. Él fue, si es que lo ha habido alguna vez, un hombre al que ambos sexos deben unirse para honrar; hacia quien el sesgo personal debe inclinar a todos en la misma dirección. Pero hay un obstáculo: Fanny Brawne [su compañera en ese momento]. Keats se quejaba de que bailaba demasiado en Hampstead. El divino poeta era algo machista en su comportamiento; según la costumbre masculina de la época, propenso a tratar a su adorada como un ángel tanto como una cacatúa. Un jurado de doncellas emitiría un veredicto a favor de Fanny. Fue hacia su hermana, cuya educación supervisó y cuyo carácter formó, con quien se mostró como el hombre que “si hubiese ocupado el trono, sin duda hubiera sido un excelente monarca”.


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