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Leila en Barcelona

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Columnas martes 26 de noviembre de 2019 - 15:34

Dice Pedro Mairal que las columnas de Leila Guerriero —compiladas en su más reciente libro, La teoría de la gravedad (Libros del Asteroide, 2019)—, «son estructuras verbales, dispositivos de prosa afilada, que tienen algo de poema».

No recuerdo con certeza si comencé a leer religiosamente El País por Leila, Manuel Jabois, Jacintos Antón, Juan José Millás, David Trueba o Fernando Savater; pero lo que sí recuerdo especialmente es que nunca me habían estremecido tanto una serie de “instrucciones” maquinadas para sobrevolar, sobrellevar o sobrevivir a la insoportable condición de estar vivo —según sea el caso—, inspiradas, de modo más o menos consciente, en los relatos de Autoayuda, de Lorrie Moore. «Una noche, cuando estén durmiendo, despierte y sienta un ramalazo de ternura.

Un brote de algo que parece estar hecho en partes iguales de raciocinio y sentimiento, que parece genuino, que no parece estar montado en la arquitectura de una emoción falsa, de una vehemencia pasajera. Un rapto. Dígase: “Tal vez”. Como si se dispusiera a contemplar un milagro de resurrección, déjese llevar por el impulso», reza la Instrucción 12, un retrato crudo y revelador sobre el ineludible proceso de degradación de las relaciones de pareja.

Luego de coincidir con ella el año pasado en la Feria del libro de Guadalajara, tuve la fortuna de que Santiago Tejedor, escritor y director del Departamento de Periodismo de la UAB, la convenciera de dar una charla a puerta cerrada en una de las aulas de la facultad, donde le pregunté sobre las diferencias que residen en escribir correctamente y escribir asquerosamente bien. «Hay que huir de tratar de responder las 5W en los primeros párrafos —-me dijo—. Las metáforas son imprescindibles».

Al otro día, sorprendida de volver a verme, nos encontramos en la presentación de su libro en Lata Peinada. Habló, entre muchas otras cosas, sobre la devoción que llegó a profesarle a J.D. Salinger y que durante una dolorosísima ruptura amorosa se refugió en el diario suicida de Cesare Pavese para domar la depresión. Los libros que te destruyen son los mismos libros que te salvan. Qué siniestra paradoja.

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/CR

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