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Llorar las autonomías

Llorar las autonomías

Columnas martes 19 de noviembre de 2019 - 01:29

Las autonomías en el imaginario político mexicano siempre han estado muy malentendidas.
Podemos rastrear su origen al sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Luego de ganar la elección y asumir la presidencia en un ambiente cuestionado, que ponía en duda su legitimidad de origen, el proceso de consolidación de su presidencia tuvo como uno de sus ejes el intento de “lavarle la cara” al gobierno mediante la creación de órganos autónomos y especializados en funciones que por desconfianza en el propio gobierno este no podía realizar. Caber recordar que fue a partir de su elección cuando la cantaleta de fraude electoral se hizo general y automática para todos los comicios, a todos los niveles, cuando ganaba el PRI.
Por ello, no sorprende que la primera institución que se creara en esta lógica fuera la que organizaba las elecciones y daba fe de su legalidad y honestidad (el Banco de México no fue autónomo hasta 1988, mientras que el IFE nació en 1990).
El IFE, hoy INE, le quitó la atribución a un órgano de la Secretaría de Gobernación, la difunta Comisión Federal Electoral. Actualmente nos parecería un disparate que la Segob organizara y cuidara la legalidad de los comicios, pero así era. A éste le siguieron otros órganos (Ifai, CNDH, Ifetel) a los que se les dio la dignidad de “Órganos Constitucionales Autónomos”, que con palabras elegantes quiere decir que no es el presidente de la República, sino el Congreso de la Unión, quien puede correr a sus titulares cuando no cumplen pactos políticos o simplemente consideran que, como en el póker, “la baraja ya está muy manoseada” y hace falta una nueva.
Ahí ha radicado el problema de los órganos autónomos en México. Si bien la elección de sus altos funcionarios cada vez está sujeta a más candados y jaloneos, al final, como en cualquier sistema de democracia representativa, son los partidos políticos representados en las Cámaras quienes tienen la última palabra sobre su nombramiento y, aunque la gente lo olvide, de su remoción anticipada, porque inamovibles son sólo en el papel; rara vez terminan sus periodos.
Eso quiere decir que, sin importar lo “ciudadanizado” que pretenda ser un candidato o un órgano, son los partidos políticos quienes proponen, aprueban, y destituyen.
Lo anterior provocó, en la realidad mexicana, que, de facto, los órganos fueran complejos, y tuviesen una agenda propia, pero no que fueran apartidistas, ni apolíticos. Todas las instituciones autónomas han tenido cuotas partidistas, que a veces sutilmente, y otras burdamente, defienden los intereses de su patrón con la camiseta bien puesta. Eso no quiere decir que debemos deshacernos de los órganos autónomos y regresarle todo el poder al gobierno, porque como diría Locke, nos estaríamos metiendo a la jaula del león para refugiarnos de las zorras.
Sólo conviene tener en mente que, hasta ahora, nuestros equipos autónomos han sido de vergüenza, y cuesta trabajo llorar el declive de alguno que nunca ha tenido una buena temporada, ni un buen fichaje.

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/CR

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