Los heraldos negros y la solidaridad cósmica de César Vallejo

Los heraldos negros y la solidaridad cósmica de César Vallejo

Entornos miércoles 05 de junio de 2019 - 05:24


RICARDO SEVILLA

Este año Los heraldos negros —el glorioso poemario, publicado en 1919 por César Vallejo— cumplirá un siglo de haber salido a la luz.

Aunque el libro estuvo listo en julio de 1918, se retardó debido a que esperaba un prólogo —que nunca llegó— del cuentista y poeta Abraham Valdelomar.

El conjunto de poemas que integran esta obra —que algunos describen, con teatralidad unamunesca, como un texto que revela la conciencia trágica y el absurdo de la vida— se desarrolla, ya muchos lo saben, a partir de tres ejes temáticos principales: Dios, la infancia y la mujer.

Afortunadamente, la poesía jamás ha consentido lecturas absolutas. Y menos una inspiración tan rica en acentos y matices, como la de Vallejo.

Pese a que la rígida academia —empeñada siempre en encontrar significados intrincados— ha querido ver en el primer libro del escritor peruano la enunciación de una felicidad perdida, el retorno a cierta infancia angelical y un deseo —o temor— ante la muerte, lo cierto es que la obra esconde muchos —y más ricos— ejes temáticos.

Pero sólo la lectura individual logrará la mejor apreciación. Y esa lectura —que es, sobre todo, una búsqueda— dependerá de las percepciones que cada lector tenga sobre la realidad (o sus fantasías). Dicho en otros términos: cada apreciación —acertada o equivocada— es (o debería ser) producto de una íntima lectura entre líneas.

Los heraldos negros —integrado por 69 piezas en donde se imponen los versos alejandrinos— se resiste, por fortuna, a la tiranía de las lecturas absolutas. Y eso lo deja claro en cada uno de sus apartados, colmados de versos transgresores que, de principio a fin, mantienen una furiosa y constante actitud de recelo frente a las supuestas dichas que, se supone, deberían reportar el bienestar y el progreso.

Poemario impresionista, con ricas tonalidades modernistas, es un volumen protagonizado por fuegos fatuos, tálamos, ébanos, nostalgias imperiales, esfinges y, claro, heraldos obscuros.

El entorno indígena, la tierra nativa y la glorificación de un pasado paradigmático, son tan sólo algunos de los muchos argumentos que aparecen en estos poemas.

El poeta —siempre metido en una “soledad al cubo”, para utilizar el título de una obra del poeta Francisco Hernández— se muestra sumamente crítico ante un mundo que considera hostil, lacerante y, por si fuera poco, que se interpone entre el ideal y el hombre.

Muchos aseguran que se trata de una obra existencial, de un poemario individualista que sólo se concentra en su propia conciencia moral, sin importarle el resto de la humanidad. Yo disiento por completo.

Si bien es cierto que Los heraldos… parecen imponer al individuo como su centro vital, también podemos observar que se trata de una obra solidaria con la sensibilidad colectiva.

Es decir: nos encontramos frente a un poemario que se encuentra en abierta disonancia contra el mundo alienado. Pero, si vamos todavía más lejos, observaremos que Vallejo demuestra una íntima alianza con todos los seres humanos que sufren.

El poeta de Trilce, en su obra inicial, quiso llegar hasta el compañero en desgracia, pero no como un cómplice o un aliado, sino como un refugio.

Para este desencantado poeta católico —que algunos insisten en llamar poeta del mal o poeta ateo— Dios no es más que un azar, una suerte de destino raquítico y anquilosado, que ya no es capaz —si es que alguna vez tuvo esa facultad— de regir ni manejar los destinos de nadie. Y aunque es cierto que en la obra vemos furiosos desplantes de escepticismo, también estamos ante una serie de poemas que intentan buscar la comunión con otras almas angustiadas.

Y no estoy hablando sobre aquel sentimiento sociológico que apela a la conmoción masiva ni a la empatía basada en metas o intereses comunes. No. Los heraldos negros —dividido en seis bloques que estremecen el alma— son poemas que buscan —y encuentran— una solidaridad cósmica con el sufrimiento universal de la humanidad.

¿O quién de nosotros no ha sufrido esos duros embates que “Abren zanjas oscuras/ en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”? Yo estoy seguro que, a cien años de su publicación, los lectores de este poemario alguna vez hemos sido derrotados por “La crisis espiritual producto de esas caídas hondas de los Cristos del alma”?

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IM/CR

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