Los periodistas y los disparos
Los periodistas y los disparos

Columnas lunes 11 de febrero de 2019 - 00:27


En México se mata a periodistas, es una triste realidad. El caso más reciente es el de Jesús Ramos Rodríguez, conductor del programa Nuestra Región Hoy que se transmite en Tabasco.

Le dispararon a quemarropa mientras desayunaba, el sábado por la mañana, en el Hotel Ramos de Emiliano Zapata, cerca de la estación radiofónica.

La situación para los reporteros es difícil y sobre todo en poblaciones de alta presencia criminal. Desde el año 2000, según la organización Artículo 19, han muerto 122 periodistas de modo violento.

Este año ya son dos, porque Ramos Rodríguez se suma a Rafael Murúa, quien pereció el 20 de enero en Santa Rosalía, Baja California Sur.

No todos los casos tienen que ver con el trabajo periodístico, pero es una estadística que muestra la propia situación del país y la persistencia de la violencia.

Los grupos criminales establecieron la ley del silencio en sus zonas de influencia. El Cártel del Golfo y Los Zetas montaron toda una cadena logística para tener control de lo que se publicaba y de lo que no. En plazas importantes contaban con “enlaces”, quienes estaban en contacto con directivos y periodistas.

Los bandidos juegan también en los medios de comunicación y en la conformación de las agendas y lo hacen con fuerza y eficacia, ya que tienen herramientas de presión que pueden ser definitivas.

Es una lamentable situación que por falta de interés y desidia se volvió crónica y significó que muchos medios dejaran de publicar temas relacionados con la violencia. Nadie puede culparlos, porque no están obligados a arriesgar el pellejo y menos aún en un contexto en que el papel de la prensa es menospreciado y en donde muchas veces los gobiernos son hostiles.

Por eso, quienes insisten y se revelan contra las presiones criminales, caminan por una cuerda floja. En Chihuahua, a Miroslava Breach la asesinaron por órdenes de uno de los principales jefes del Cártel de Sinaloa y porque las autoridades fueron omisas y no la protegieron cuando tenían pruebas de que su vida corría peligro.

Para colmo, una de las características de estos hechos, de los ataques contra periodistas, es que por regla general quedan en la impunidad, ya que las procuradurías no suelen dar con los responsables y cuando lo hacen, sus indagatorias están plagadas de dudas e inconsistencias.

A ello hay que sumar la falta de eficacia de los Mecanismos de Protección a Periodistas, los que suelen estar desfasados y siempre con falta de recursos.

Es evidente que hay que revertir esta tendencia y asumir que el ejercicio del periodismo es una de las condiciones esenciales para la democracia y la libertad.

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/CR

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