Madrugada

Madrugada

Entornos lunes 09 de septiembre de 2019 - 04:08


Un teléfono chino, nueve números arábigos y piel peruana. ¿A qué le temía Trinidad
Ríos?

Al rechazo, por supuesto.

Se dice que el primer deseo de una persona es ser deseada y, probablemente, esta mujer que había nacido en la selva y que ahora se manejaba a sus anchas en Lima había presentido, en sus primeros años, que su existencia no había sido una feliz programación. Pero nos estamos alejando del teléfono y, además, ¿por qué tendría que ser esta una historia con pretensiones? Que prosiga la acción, entonces.

O la inacción, en este caso.

El foco ahorrador de la cocina, con la ayuda del resplandor de la pantalla, hacía perfectamente visible para Trinidad la cicatriz de su mano. Recordaba muy bien, por lo nefasta, la madrugada en que se había hecho esa herida.

Vivía entonces en Madre de Dios —¿quince?, ¿dieciséis años atrás?— y la tempestad amazónica la había despertado en su colchón de paja. Por el mosquitero del ventanuco vio el resplandor de un relámpago, como si todas las luciérnagas de la selva se hubieran unido para formarlo y, cuando le echó una mirada a la cama de su madre, la vio vacía.

Se preguntó qué hora sería, pero los intervalos entre los relámpagos mostraban un cielo encapotado y era difícil hacer el cálculo. Sin embargo, Trinidad siempre había sido lista y quizá más a esa edad [...]

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IM/CR

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