Mamá, soy Chapito

Mamá, soy Chapito

Columnas lunes 09 de septiembre de 2019 - 02:26


Digamos que colgaste a un hombre de un puente. O que decapitaste a seis personas y dejaste sus cabezas en una bolsa de plástico en, por decir, una plaza pública. O que rafagueaste un bar y quedaron muertas 10 o 12 personas que no te debían nada porque quién les manda ir al mismo antro que a los de la banda rival. O que disolvías cuerpos en tinas, en sosa cáustica. O que quemabas con sopletes a tus prisioneros. Entenderás que para la mayoría de nosotrxs, lxs del pueblo bueno, esos comportamientos son, digamos, difíciles de entender. Pero no para nuestro Presidente Eterno. No para nuestro Huey-Tlatoani. No. Gracias a él, todos podemos entender por fin que tu motivación, la causa de tu crueldad, es una, sencillita, directa: que no tenías chamba. Que eras pobre, pues.

Por eso le es tan difícil entender que ahora, cuando somos felices, felices, felices, cuando ya se acabó el neoliberalismo, sigas haciendo prácticas de tiro con adultos mayores y secuestrando mujeres para violarlas. Porque no nos confundamos: el pueblo bueno es bueno hasta cuando es el El Chapo Guzmán o, propiamente, sobre todo cuando es El Chapo Guzmán, que seguramente hizo matar a 2 o 3 mil personas y abusó sexualmente de niñas a las que llamaba “vitaminas” porque era pobre. Y es que nuestro Presidente Eterno, el de la Cartilla Moral, sabe mucho de bondad, que es el primerísimo motor de sus políticas públicas. Por eso no solo se lamenta muy sentidamente cuando por ejemplo golpeas a los militares en un descampado, por aquello de que no tienen derecho a defenderse, sino que tiene la solución perfecta para la crisis de violencia e inseguridad que vivimos: pedirte que pienses en tu mamita antes de, digamos, secuestrar a alguien y cortarle la oreja para que su familia te pague. Lo dijo hace un par de días en Tamaulipas, con palabras distintas pero, creo, con el mismo espíritu que plasmo aquí: mami sufre cuando asesinas.

No seas gacho. Imagina sus ojos tristes antes de entrenar a niños de 10 años como sicarios.

¿No se sienten, amigues lectores, perdón, lecteres, mucho más tranquiles?

Puede que enfrentar al crimen organizado eficazmente implique entender el flujo de capitales, la porosidad de las fronteras, la complejísima realidad de un mundo de puertas abiertas: la globalización; hacerse cargo de que la atomización de las organizaciones criminales se ha traducido en una escalada de la violencia acentuada por las redes sociales, que la difunden y magnifican; puede que estemos obligados a debatir en serio, por fin, a fondo, ya, la despenalización de las drogas; puede que sea hora de investigar de veras hasta qué grado está permeado el mundo político por el criminal. No importa. Aquí y ahora las cosas son distintas. La 4T, la Vanguardia Misma de la Izquierda Planetaria, tiene una respuesta diferente: entender el mundo como una película de la Época de Oro, en la que dos chanclazos de Sarita García, la abuela de México, bastaban para llevar a un Pedro Infante briago y mujeriego por la senda del bien.

▶ Ese es el nivelazo que le venimos manejando, sí. La pacificación del país pasa por dejarse de chingaderas y recitarle poemas a las cabecitas blancas el 10 de mayo. “Mamá, soy Chapito, ya no haré travesuras”.

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/CR

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