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Margaret Atwood: genio y versatilidad que incomoda

Margaret Atwood: genio y versatilidad que incomoda

Entornos miércoles 12 de junio de 2019 - 05:47


RICARDO SEVILLA

Desde la adaptación de El cuento de la criada, Margaret Atwood no sólo ha recuperado la atención de los editores y de los lectores concentrados, sino que también ha tocado la curiosidad del público de intereses generales.

Sin ser su mejor obra, El cuento de la criada —convertida hoy en serie televisiva y, casi por añadidura, en bestseller mundial— es el libro que más fama y fortuna le ha granjeado a la escritora canadiense.

Inspirada en el gobierno conservador de Margaret Thatcher, encontramos una novela distópica y futurista. Centrada en la opresión de las mujeres bajo un gobierno totalitario —donde son privadas de sus derechos básicos para ser tratadas como meros instrumentos de procreación—, estamos ante una delirante alegoría patriarcal cuya lectura es ya un referente para el feminismo contemporáneo.

Pero, contrario a lo que algunos desubicados suponen, la autora de La mujer comestible es mucho más que una autora mainstream. Narradora, poeta, ensayista, crítica de libros, guionista y activista preocupada por el calentamiento global, Margaret Eleanor Atwood (Ottawa, 1939) combina una perturbadora imaginación filosófica con un talento literario muy poco frecuente.

Margaret —además de ser una de las escritoras más prolíficas y prestigiosas del actual concierto literario— es una autora pródiga en recursos estilísticos e imaginativos. Esa versatilidad de poderes —que no los tiene ni su coterránea Alice Munro, que sólo navega bien en el género cuentístico— la han llevado, año con año, a encabezar las quinielas de aspirantes al Premio Nobel.

Pero ¿de qué manera ha logrado esta autora sortear las habituales tendencias marginales de la literatura para salir y extender su influencia hacia los circuitos masivos?, se preguntan algunos boquiabiertos. En la pregunta, ya se ve, está la respuesta.

Una cosa salta a la vista: Atwood trabaja —mejor dicho: prepara sus libros— de manera estratégica. Y eso se observa cuando vemos la ingente cantidad de técnicas y herramientas que la narradora despliega para capturar la atención del lector.

La mayoría de sus libros —salvo unos cuantos textos aburridos como Daño corporal, Juegos de poder y la sosa parodia de cuentos góticos que componen Lady Oracle— son acabadísimas obras de suspense que no sólo consiguen mantener al público expectante (lectores, cinéfilos y ahora degustadores de series), sino que, en cada capítulo, logran mantenerlo en un permanente estado de tensión.

Se dirá lo que sea, pero mantener en vilo al espectador hasta el desenlace de cualquier situación —combinando magistralmente, como hace Margaret Atwood, imágenes oscuras, metáforas poéticas y cliffhangers— es oficio de maestros.

A muchos ortodoxos —sobre todo a los anticuados y balbucientes defensores de la intuición y la espontaneidad— sorprende (y molesta) que una escritora que triunfa —y es aplaudida— en los medios masivos (cuyo influjo ha recaído en áreas tan disímiles como el lenguaje, el cine, la política y la industria de la moda) sea tan bien recibida —y respetada— entre los nostálgicos amantes del outsider art.

A mí, en todo caso, me sorprende lo contrario: que una obra cuyo influjo ha logrado acaparar la conversación en otras partes del mundo —e incluso ha servido como acicate para que miles de manifestantes en Argentina, Croacia, España y Estados Unidos hayan salido a las calles con capas rojas, como visten precisamente en El cuento de la criada, para reivindicar los derechos de las mujeres y protestar contra el acoso sexual y las leyes que restringen el aborto— esté siendo tan poco comentada entre nosotros.

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IM/CR

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