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Medalla de oro

Medalla de oro

Columnas jueves 15 de agosto de 2019 - 02:50

No sé quién estuvo peor, si nuestro amado líder al aceptar una medalla por el éxito de la delegación mexicana en los juegos panamericanos —en el cual su gobierno no tuvo nada que ver e incluso canceló apoyos a deportistas y disminuyó presupuestos—, o Ana Gabriela Guevara que entró de lleno a disputar el título del funcionario más lambiscón de la 4T, donde la competencia es feroz.

Candidatos a la medalla de oro hay varios. Qué tal Miguel Barbosa en su toma de posesión: “Me inspiro en el pensamiento de un hombre de época, de un gigante” —obvio, se refería a nuestro amado líder—; pero Irma Eréndira Sandoval, la implacable —en palabras de su esposo John Ackerman— no quiere quedarse atrás y al más puro estilo Luis XIV ha dicho: “AMLO, el presidente, es el Estado… es el presidente más valiente que hay (sic) en la historia”; Sheinbaum tendrá que venir de atrás porque decir que López Obrador “es un estadista, hombre de nación”, no le va alcanzar para llegar a las finales. O Rocío Nahle, secretaria de Estado de día y groupie de nuestro presidente de noche.

Pero que el gobierno se suba a éxitos ajenos no es novedad. En el sexenio de Miguel Alemán sucedió algo similar a lo que vimos el lunes pasado.

El 15 de agosto de 1948 la nación se despertó con la noticia de que el coronel Humberto Mariles con su caballo Arete había ganado las medallas de oro en las pruebas individuales y por equipos, convirtiéndose así, en doble campeón olímpico. Para un país aislado del escenario internacional durante décadas, el sorprendente triunfo no pudo menos que celebrarse jubilosamente en todo el país.

▶ Pero la historia tenía tintes dramáticos que la hacían aún más increíble. Unos meses antes de los Juegos Olímpicos, el presidente Miguel Alemán mandó llamar al coronel Mariles para decirle que el viaje a Londres estaba cancelado. El jinete quiso saber las razones y el presidente respondió: “No pueden ganar. No pueden ganar con estas carretas de caballos, con ese tuerto” —se refirió así, despectivamente, a Arete, el alazán tostado que era el orgullo de Mariles.

El trasfondo indudablemente era político. Todo mundo sabía que Mariles era protegido de los expresidentes Cárdenas y Ávila Camacho. Ambos generales tenían especial predilección por los caballos, especialmente don Manuel que practicaba el juego de polo y otros deportes ecuestres.

A pesar de que el gobierno le dio la espalda, Mariles hizo caso omiso de la orden presidencial y junto con otros jinetes marchó al viejo continente donde fue sumando triunfos en distintas competencias hasta alcanzar la gloria en los Juegos Olímpicos de Londres.

Cuando Alemán se enteró del triunfo de Mariles, se lo apropió y lo convirtió en un logro sexenal. Y con el ánimo triunfalista que acompañó a México durante su administración ordenó la construcción de “un centro dedicado exclusivamente a espectáculos hípicos”, amplio, fastuoso, con todos los servicios, digno de primer mundo, para lo cual fue donado un terreno “localizado sobre el Paseo de la Reforma en los terrenos adyacentes al campo de polo Anáhuac —hoy Campo Marte—, en el tramo que queda entre la glorieta de la colonia Polanco y la glorieta que ocupaba la estación conocida como la Huasteca, recientemente desaparecida”.

A todas luces, un proyecto de esa magnitud, para dar cabida a un deporte que no representaba el sentir de la sociedad mexicana —como el futbol o el béisbol—, era un exceso. Y así se lo dijeron a Alemán: “Oiga señor presidente, en México la mayoría de la gente tiene caballos, pero son para trabajar el campo, no para dar saltos”. Alemán lo reflexionó un momento y tres años después cuando la euforia olímpica había pasado, su gobierno cambió de opinión.

El proyecto fue replanteado y se ordenó construir en el mismo lugar un centro de eventos donde además de los ecuestres pudieran realizarse actividades culturales, reuniones multitudinarias, espectáculos y deportes. Así nació el Auditorio Municipal de la Ciudad de México.

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/CR

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