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Notre Dame y nosotros
Notre Dame y nosotros

Columnas miércoles 17 de abril de 2019 - 01:24


Los revolucionarios nunca quisieron Notre Dame, ya que la veían como un símbolo del poder de la monarquía y de la iglesia. En 1789 destruyeron las 28 estatuas de la galería de los reyes, ya que creían que representaban a los monarcas de Francia. Se equivocaban, porque el ejercicio escultórico era un homenaje a los reyes de Judea.

Conocedor del valor de los símbolos, Victor Hugo entendió la importancia de la catedral e insistió en rescatarla, en sacarla del abandono en que se encontraba. Se abocó en ello hasta conseguirlo.

La novela Notre Dame de París (1831) ayudó en ese empeño.

En 1844, en una suerte de venganza histórica, se colocaron de nueva cuenta 28 piezas, pero ahora sí, para honrar a los reyes galos. El tiempo puede ser un antídoto contra los extremismos.

Décadas después, durante la Comuna, los revolucionarios de entonces hicieron una hoguera con las sillas y los bancos de la catedral. La iglesia sobrevivió porque los propios parisinos evitaron que el fuego se propagara.

Notre Dame es misteriosa, una pieza medieval que ha observado la trasformación del mundo y presenciado guerras y conflictos. Es un referente de Francia por contraste, por su diferencia con las profundidades de un Estado laico. Es paradójica por lograr que lo gótico se convierta en un referente que trasciende.

Es resistencia porque muestra la fuerza del catolicismo e inclusive de la cristiandad. Es una idea y representación del mundo, como diría José Gaos.

Al mismo tiempo es algo espacial para los millones de visitantes, para quienes la recorren —o recorrían— todos los años.

Una de las capillas, la de la virgen de Guadalupe, es importante para nosotros, los mexicanos, porque trasciende a su motivación religiosa y más bien apela a su valoración cultural y universal.

Quizá por eso el impacto de su destrucción resultó tan fuerte y cercano a le vez. Notre Dame, después de todo, es muchas cosas y envueltas de historias, particulares y cotidianas.

Cuando vivía en París, hace ya muchos años, solía visitar la catedral con un sentimiento que ahora entiendo más cultural que religioso. Algo tiene la centenaria construcción que cautiva. Sus gárgolas vigilando la capital de Francia y recordado el poder de la fe, con sus glorias y miserias.

Mi abuela, una anarquista consumada, solía observar su portal y sus torres como un aviso y una promesa: El que provenían de un mundo que encabalgó guerras y la de la posibilidad de una justicia para todos.

No era religiosa, no podía serlo, pero se maravillaba, como todos, al caminar por sus pasillos y constatar que sí, que la grandeza en las creaciones humanas, como Notre Dame, es capaz de unirnos, a pesar de todo.

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/CR

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