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Octavio Paz: la poesía y la furia
Octavio Paz: la poesía y la furia

Entornos lunes 01 de abril de 2019 - 05:49


RICARDO SEVILLA

Dentro y fuera de la literatura, Octavio Paz tuvo un temperamento irascible.

La furia animó su trabajo. Con el carácter de un Júpiter iracundo, el beligerante poeta animó —y encabezó— algunos de los debates intelectuales más relevantes de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

Pero decir, con la mano en la cintura, que fue un escritor seducido por el poder y un autor decidido a ejercer cierto mandarinato intelectual es subrayar una idea varias veces remachada.

Y apuntar que fue un poeta que, a la manera en que hicieron sus admirados Quevedo, Cernuda, y Novalis, sintió la necesidad de reflexionar sobre su quehacer poético —dejándonos una prolija obra ensayística—, tampoco aporta ningún rasgo novedoso.

Lo que llama la atención en Paz, acaso, es que su naturaleza combativa lo llevó a discutir —con argumentos o sin ellos— casi contra cualquier cosa: el comunismo, el liberalismo, el historicismo y, sobre todo, contra el romanticismo.

Entre otros mitos emanados de este movimiento, combatió con ardor la fábula de la inspiración. Para el autor de Piedra de Sol, el poema —más que otra cosa— era un proceso técnico. Paz pensaba —oponiéndose radicalmente a la corriente que le daba prioridad a los sentimientos— que la poesía requería de una serie de procedimientos, reglas, normas y protocolos muy concretos. “Para componer un poema necesitamos un modelo sintáctico, un vocabulario para llenarlo y un conjunto de reglas para escoger y combinar los términos del vocabulario”, escribió, tajante, en El arco y la lira.

Y para darle un halo de lirismo a su expresión, ahí mismo acuñó una de sus frases más célebres: “Poetizar consiste, en primer término, en nombrar”.

Paz —algunas veces con astucia y otras más con obcecación— refutó apasionadamente algunas de las tesis más significativas del romanticismo alemán. Negó, entre otras cosas, que el hombre fuera, como querían los miembros del movimiento Sturm und Drang, “un ser poético”.

Paz —que fue un hombre que se sintió tentado por la profecía— no sólo se pronunció vigorosamente contra ese cliché. De hecho, vio a la inspiración como un problema, o peor: como “una superstición… que se resiste a las explicaciones de la ciencia moderna”. Para el Premio Nobel mexicano, superada aquella vieja idea romántica preconizada por autores como Goethe, Schiller y Hamann, ya no se trataba sólo de afrontar aquel rancio estereotipo, sino de trascenderlo.

Paz, si bien acepta que el poeta es “la oreja que escucha y la mano que escribe lo que dicta su propia voz”, cree que el poeta —más allá de recibir el vapor y los humos divinos— debe ceñirse a un conjunto de instrucciones y reglas bien definidas para ejecutar plenamente su tarea.

Para Octavio el éxtasis o furor poeticus era una absoluta tontería. Cuando se enteró de que los helénicos creían que el artista era transportado más allá de su propia mente para recibir el pensamiento de los dioses, quienes lo iluminaban para que pudiera poetizar su mensaje, pierde completamente los estribos y, apenas puede, lanza furiosas retahílas contra aquel “estado mágico y divino”.

Para el autor de El mono gramático, el quehacer poético —pasada su época surrealista— tenía que ser un acto consciente y colectivo: “La poesía la podemos hacer entre todos porque el acto poético es, por naturaleza, involuntario.

La misión del poeta consiste en verbalizar esa fuerza poética y convertirse en un cable de alta tensión que permita la descarga de imágenes”.

Y de ahí que la poesía de Octavio Paz —pese a invocar fantasmas y dioses míticos a su antojo— vaya más allá de la mera catarsis, la autobiografía y los juegos verbales. No es gratuito que en sus poemas recuerde y evoque algunos de los hechos más representativos de su historia personal para, acto seguido, comenzar a obsequiarnos sus revelaciones.

Más allá de ser un acto introspectivo, la obra de Paz fue un acto mental, verbal e incluso hasta físico. Y su lección fue clara: la poesía, lejos de musas e iluminaciones de pacotilla, demanda una estricta concentración intelectual para que el poeta nos obsequie sus develamientos.

Su obra, dicho en otros términos, es una lírica consiente que, además del poeta, requiere de la interpretación del lector: “el poema jamás se presenta como una realidad independiente; ningún texto poético tiene existencia per se: el lector otorga realidad al poema”, dejó anotado el gran poeta mexicano en El signo y el garabato.

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IM/CR

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