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Orgullo diplomático

Orgullo diplomático

Columnas viernes 27 de diciembre de 2019 - 01:26

Cuando la persecución nazi azoraba a ciudadanos de toda Europa, la decisión de la cancillería mexicana a través de su consulado en Marsella, dirigido por Gilberto Bosques (Justo entre las Naciones) fue alquilar una serie de edificios a lo largo de la ciudad —entonces en manos del gobierno colaboracionista de la Francia ocupada—, a los que confirió el estatus de la representación mexicana.
Por derecho internacional, las representaciones extranjeras gozan de inmunidad, y ni sus sedes o funcionarios pueden ser tocados o amedrentados por el gobierno local. En los edificios abanderados por México, nuestra nación recibió a miles de perseguidos, y en un hecho de heroísmo que jamás debemos de olvidar, expidió pasaportes mexicanos a todos los amenazados para poder salir del territorio invadido y así salvar la vida y la de sus familias. Miles de valiosos mexicanos nacerían esos días, y ni siquiera el régimen totalitario se atrevería a violar las sedes de un país neutral con una trayectoria diplomática impecable, al mando de intelectuales de la talla de mismo Alfonso Reyes y el proyecto de protección internacional iniciado desde el gobierno de Lázaro Cárdenas con el beneficio a los republicanos españoles.
Cuando la Italia fascista invadió el Imperio de Etiopía, de los pocos territorios vírgenes del vergonzoso colonialismo europeo del siglo XIX, y rociara con gas mostaza a los defensores, el emperador de la dinastía salomónica Haile Selassie, exiliado en Londres, se dirigió a expresar su protesta en la sede ginebrina de la Sociedad de Naciones, encarando las amenazas del eje. Los representantes mexicanos Marte R. Gómez y Narciso Bassols decidieron proteger con sus propios cuerpos al digno monarca para que pudiera dar su discurso. El emperador visitaría México trayendo consigo un obsequio de agradecimiento: cientos de palmeras que hasta el día de hoy adornan los bulevares capitalinos —por eso no deja de ser inaudito que recientemente hayan quitado la placa conmemorativa que se encontraba en el metro Etiopía.
Lo mismo podemos decir de la protesta mexicana ante la anexión de Austria por parte de la Alemania Nazi, por la invasión a Checoslovaquia, por las persecuciones a opositores durante las dictaduras militares en Sudamérica, y la protección de miles de ciudadanos que nuevamente contribuyeron a la edificación del México contemporáneo que a pesar de sus problemas, la historia de sus grandezas acapara por mucho aquellas de sus miserias.
El hecho de que el gobierno golpista de Bolivia ose siquiera poner sus sucias botas en la sede diplomática de La Paz, es una violación no solamente a los principios del derecho internacional que México siempre ha defendido, sino a la dignidad diplomática de un país que a diferencia de la intrascendencia de Bolivia, sí tiene mucho qué ofrecer a los anales de historia.

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/CR

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