laopcionnota
Pactando con el Moonwalking

Pactando con el Moonwalking

Columnas martes 25 de junio de 2019 - 03:18


Hace 10 años, la sorpresiva muerte de el Rey del Pop nos hizo sentir un luto lógico.

La nostalgia asociada a su trágica muerte fue inevitable. Michael Jackson fue uno de esos poquísimos artistas universales cuya música acompañó decenas de momentos en nuestras vidas.

La muerte de Michael Jackson fue tan mediáticamente relevante que marcó una nueva era en el periodismo de entretenimiento. La inmediatez de las redes sociales hizo que un medio amarillista cómo TMZ estuviese muchas horas adelantadas a los grandes medios tradicionales. Por primera vez, la gente no buscó confirmación en la TV, sino en Twitter.

No es una exageración afirmar que Michael Jackson cambió el mundo. Su impacto cultural es imposible de cuantificar. Prácticamente todos los artistas pop que vinieron después de él lo citan como su influencia principal. Fue una de las razones fundamentales de la popularización del género del video musical. La cultura afroamericana se masificó con mayor velocidad gracias a él.

Su impacto además abarca diferentes generaciones. Los baby boomers recuerdan su prodigiosa voz infantil en “I Want You Back” de The Jackson 5. La generación X lo recuerda como el zombie carismático de “Thriller” o el gangster inmaculado de “Smooth Criminal”. Los millenials, como el amigo de Michael Jordan en “Jam” o el héroe espacial de “Scream”.

Sin embargo, Jackson perdió el control de su propia narrativa con el tiempo, y su misteriosa y turbia vida personal empezó a eclipsar su talento.

Voluntariamente, Jackson modificó su físico del pequeño niño afrodescendiente conocido por los baby boomers, al sensual “latino” motociclista que la generación X presenció, al hombre extremadamente blanco de rasgos ultrafinos de la era millenial.

Y en un despliegue absoluto de ironía, la jovencísima generación Z ha reducido a Michael Jackson al fenómeno memístico de El Ayuwoki, ese monstruo fantasmal y aterrador que aparece en las noches para violar niños. Es la involución lógica final de esta criatura de los tabloides.

Tiene sentido. Es lo que la narrativa está marcando. En marzo, HBO estrenó el documental Leaving Neverland, enfocado en los testimonios de Wade Robson y James Safechuck detallando cómo Michael Jackson abusó sexualmente de ambos por muchos años.

El documental deja poco lugar para la duda.

Los testimonios lucen devastadoramente genuinos. La argumentación acerca de los motivos detrás de las mentiras y silencios estratégicos tiene una contundencia y lógica enorme. De repente, todas las piezas del perturbador rompecabezas encajan.

Por supuesto, se pueden esgrimir los argumentos y tesis de siempre: “Los padres forzaron a los niños a inventar esas historias para quitarle dinero a Michael”; “Michael fue absuelto de todos los cargos en el 2005, así que evidentemente es inocente”; incluso se puede llegar al “razonamiento Peter Pan”; “Michael nunca tuvo infancia y por eso siempre tuvo niños en su cama. Era un niño más.”

Sin embargo, tarde o temprano (y vaya que lo digo por experiencia propia), el cinismo y el sentido común le hará entender a cualquier persona con algo de empatía la terrible verdad: Michael Jackson tuvo que haber sido un pederasta. Su inocencia sería una sorpresa improbable.