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Pájaros En La Boca

Pájaros En La Boca

Entornos lunes 01 de julio de 2019 - 06:12


POR SAMATA SCHWEBLIN

Apagué el televisor y miré por la ventana. El auto de Silvia estaba estacionado frente a la casa, con las bali- zas puestas. Pensé si había alguna posibilidad real de no atender, pero el timbre volvió a sonar: ella sabía que yo estaba en casa. Fui hasta la puerta y abrí.

—Silvia.

—Hola —dijo ella, y entró sin que yo alcanzara a decir nada—. Tenemos que hablar.

Señaló el sillón y obedecí porque, a veces, cuando el pasado toca a la puerta y me trata como hace cuatro años, sigo siendo un imbécil.

—No va a gustarte. Es... es fuerte —miró su reloj—. Es sobre Sara.

—Siempre es sobre Sara.

—Vas a decir que exagero, que soy una loca, todo ese asunto. Pero hoy no hay tiempo. Te venís a casa ahora mismo, esto tenés que verlo con tus propios ojos.

—¿Qué pasa? —Además, le dije a Sara que ibas a ir, así que te espera.

Nos quedamos en silencio un momento. Pensé en cuál sería el próximo paso, hasta que Silvia frunció el ceño, se levantó y fue hasta la puerta. Tomé mi abrigo y salí tras ella.

Por fuera la casa se veía como siempre, con el césped recién cortado y las azaleas de Silvia colgando de los balcones del primer piso. Cada uno bajó de su auto y entramos sin hablar. Sara estaba en el sillón. Aunque por ese año ya había terminado las clases, llevaba puesto el jumper de la secundaria, que le quedaba como a esas colegialas porno de las revistas. Estaba sentada con la espalda recta, las rodillas juntas y las manos sobre las rodillas, concentrada en algún punto de la ventana o del jardín, una postura que me recordaba a esos ejercicios de yoga de la madre

Siempre había sido más bien pálida y flaca, y ahora en cambio se la veía rebosante de salud. Sus piernas y sus brazos parecían más fuertes, como si hubiera estado haciendo ejercicio unos cuantos meses. El pelo le brillaba y tenía un leve rosado en los cachetes. Cuando me vio entrar sonrió y dijo:

—Hola, papá.

Aunque mi nena era realmente una dulzura, dos palabras alcanzaban para entender que algo estaba mal en esa chica, algo seguramente relacionado con la madre. A veces pienso que quizá debí habérmela llevado conmigo, pero casi siempre pienso que no. A unos metros del televisor, junto a la ventana, había una jaula. Era una jaula para pájaros —de unos setenta, ochenta centímetros—; colgaba del techo, vacía.

–—Qué es eso? —Una jaula —dijo Sara, y sonrió. Silvia me hizo una seña para que la siguiera a la cocina. Fuimos hasta el ventanal y ella se volvió para verificar que Sara no nos escuchara. Seguía erguida en el sillón, mirando hacia la calle, como si nunca hubiéramos llegado. Silvia me habló en voz baja.

—Mirá, vas a tener que tomarte esto con calma. —Dejame de joder. ¿Qué pasa? —La tengo sin comer desde ayer. —¿Me estás cargando?

—Para que lo veas con tus propios ojos. —Ajá...

¿Estás loca? Dijo que regresáramos al living y me señaló el sillón.

Me senté frente a Sara. Silvia salió de la casa y la vimos cruzar el ventanal y entrar al garaje.

—¿Qué le pasa a tu madre?

Sara levantó los hombros, dando a entender que no lo sabía. Su pelo negro y lacio estaba atado en una cola de caballo, con un flequillo que le llegaba casi hasta los ojos. Silvia volvió con una caja de zapatos. La traía derecha, con ambas manos, como si se tratara de algo delicado. Fue hasta la jaula, la abrió, sacó de la caja un gorrión muy pequeño, del tamaño de una pelota de golf, lo metió dentro de la jaula y la cerró. Tiró la caja al piso y la hizo a un lado de una patada, junto a otras nueve o diez cajas similares que se iban sumando bajo el escritorio .Entonces Sara se levantó, su cola de caballo brilló a un lado y otro de su nuca, y fue hasta la jaula dando un salto de por medio, como hacen las chicas que tienen cinco años menos que ella. De espaldas a nosotros, poniéndose en puntas de pie, abrió la jaula y sacó el pájaro. No pude ver qué hizo. El pájaro chilló y ella forcejeó un momento, quizá porque el pájaro intentó escaparse.

Silvia se tapó la boca con la mano. Cuando Sara se volvió hacia nosotros el pájaro ya no estaba.

Tenía la boca, la nariz, el mentón y las dos manos manchados de sangre. Sonrío avergonzada, su boca gigante se arqueó y se abrió, y sus dientes rojos me obligaron a levantarme de un salto. Corrí hasta el baño, me encerré y vomité en el inodoro.

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YC/CR

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