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Pequeña guía, última y definitiva para esquiar en los pasillos de Heathrow

Pequeña guía, última y definitiva para esquiar en los pasillos de Heathrow

Entornos miércoles 03 de julio de 2019 - 04:01

POR PEDRO ZAVALA

Mila sostuvo que la clase política es el cáncer de colon de las sociedades latinoamericanas. Y mundiales, claro está, remató. Después insistió en la necesidad de erradicar a esta enfermedad terrible, ya sea por cirugía o por largos tratamientos antes que hicieran metástasis. Para ella no importaba la forma. No importaba el remedio. Si es con la violencia de una quimio, mejor, dijo.

Imaginé a Mila inmolándose como una tea ardiente. En paz. Ardiendo a la mitad de la Plaza de Mayo. Su cuerpo rodeado de dinamita y estallando a la mitad de una entrevista al presidente argentino en turno, en pleno centro de su país. Mila la terrorista.

—Es un mundo estúpido, ché. Un mundo en el que nos la pasamos llorando por todo lo que no ha sido y por todo lo que es. Aceptándolo todo y luego: ¡bam!

—…

—Quejándonos sin quejarnos. Nadie nos entiende, nadie sabe qué pasa por nuestras cabezas. Buscamos la aprobación de los otros y a los cinco minutos queremos estar solos. ¿Sabés que me masturbé en la ducha por la maniana y después lloré bajo el chorro del agua caliente?

—Mila… —me interrumpió.

—Es un mundo de mierda, ché, no sé qué hago aquí. Quiero irme y a la vez quiero quedarme, te digo.

¿Cómo llegamos a vivir juntos? Lo decidimos, borrachos y drogados en una fiesta a la que ambos nos colamos para beber, sin pagar una sola libra. En el delirio de las cervezas en pintas abrazamos la idea de compartir gastos y contactos de dealers.

Conseguimos un precio módico por una habitación desocupada y en la excitación de la cocaína decidimos pagar veinte días por adelantado. Vivimos en una habitación alfombrada y mínima para estudiantes en el centro de la ciudad.

Haciéndonos pasar por jóvenes artistas, incomprendidos por la sociedad.

Tomando fotos a diestra y siniestra, conectados a la red inalámbrica.

Los ocupantes de habitaciones contiguas: hindúes, colombianos, peruanos y gringos caminaban concentratos y seguros rumbo al éxito y el ascenso. A pesar de ello nunca tuvimos problema alguno. A nadie le importábamos por lo tarde que nos levantábamos y por lo noche que llegábamos. Daban por hecho que teníamos becas institucionales, habitaciones separadas. Daban por hecho que seguiríamos las estúpidas reglas de la institucionalidad y el orden inglés, como habían sido estipuladas en el reglamento por secula seculorum. Daban por sentado que llevaríamos la basura a su lugar, que no haríamos ruido excesivo o gritaríamos a la mitad del sexo. Daban por hecho que no fumaríamos al interior del baño y más vulgaridades por el estilo.

Pero el ojo del Gran hermano está ahí. Siempre. Inglaterra, la nacióncontrolada por el dios del circuito cerrado. Millones de personas en un estado de completa paranoia y miedo. Alcoholizados, deprimidos y asustados.

En el pequeño cuarto dormimos y roncamos juntos en una cama individual e inestable. Compartimos el baño caliente, el papel higiénico, las resacas, el vómito en el piso, la ropa sucia y sobre todo, el dinero para pagar drogas. Pasamos sin dormir algunas noches escuchando Iggy Pop, Lou Reed y David Bowie. Charlamos sobre el futbol inglés, sobre el racismo que corre por debajo de la piel y la mente de algunos habitantes de la isla. Un animal que se arrastra y que algún día pulurará por alguno de sus orificios. En aquella habitación hablamos sobre el terrorismo, el terrorismo desde un punto de vista religioso, ferviente, en obediencia a una lectura idiota de textos. También hablamos sobre las bombas sembradas en los tristes autobuses londinenses. Hablamos de las víctimas y las secuelas. Hablamos sobre las heridas y sobre la sangre. Sobre los muertos y sus familiares. Hablamos sobre la tristeza que permanece y nunca se va.

Como una pequeña gota que cae sin parar. En la habitación hablamos de la dictadura argentina. Una dictadura que va y viene, que aparece y desaparece por momentos breves pero siempre está ahí. Como una careta, como una máscara que esconde por debajo el rostro espeluznante de la muerte. Mila llegó a esta conclusión y pude ver que lloraba mientras servía el café frío que quedaba en el fondo de la cafetera.

Ya de noche y luego de pasar un rato en las bibliotecas londinenses y en las calles sucias buscando drogas, discutíamos sobre la jornada laboral. Que de ocho horas ha mutado silenciosamente a nueve, a diez, a doce horas en todos los países de los que teníamos noticia. Y ahí iba de nuevo con sus breves frases de su monólogo infinito:

—Como va esto mañana van a ser dieciséis, dieciocho, veinte, veinticuatro horas. Qué sé yo. Somos la carroña que los poderosos lanzan a los dioses hambientos y caníbales de nuestras sociedades, ché. Somos el sacrificio que levanta la modernidad al Moloch del que habla Ginsberg. Ese maldito dios que necesita sangre. Me cago, me cago en él.

En aquella habitación cálida escenificamos operetas sexuales sin libretos previos, sin restricciones y sin expectativas ulteriores. Danzamos en torno a la cafetera y alrededor de la variedad de tés londinenses. Archivos diminutos de clasificación improbable contenidos en una cajita de madera: Asia, Sudamérica, Europa, África como lugar de origen de las infusiones. Locura, negro, verde, naranja, azul. Combinaciones misteriosas con aromas y texturas propias, pertenecientes a lugares ubicados en el fin del mundo. Desayuno, mediodía, enfermedad, tarde, muerte, noche. Tisanas listas para cualquier lugar o situación existencial posible. Presente, pasado, futuro. Cada uno de los pequeños sobres acompañado de una historia a sus espaldas, escrita en el reverso. Como una revolución. Como un estallido: el barroco atentando en contra de la simplicidad y el pragmatismo liberal.

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YC/CR

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