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Perros

Perros

Suplemento viernes 12 de abril de 2019 - 04:50

Guillermo Arreola

1. Cuando vi que la Güera respiraba a tropezones, la recogí de la camita que le había improvisado en el piso del baño y me la puse cerca del pecho para darle calor. Me eché encima un chal, bajé corriendo las escaleras, salí a la calle y me subí al carro para llevarla al veterinario. “No te mueras, Güera”, le dije. Con una mano manipulé el volante; con la otra, sujeté a la cachorra muy cerca de mi corazón. Estábamos a punto de llegar a la veterinaria cuando la sentí suspirar intensamente y enseguida expirar un soplo ensordecido. Me orillé a una banqueta y me estacioné. La aparté de mi pecho. Era un montoncito de pelaje entre mis manos. “No me dejes”, le dije, “¡quédate conmigo!”, pero ella ya había cerrado los ojos para siempre, ya iba muy lejos de mí.

2. Me contó Mamá que desde el portón vio que llegaron en una van negra que estacionaron afuera del domicilio de Juan, cuatro casas adelante de la nuestra. Que de la van salieron primero dos hombres; luego otro y una mujer. Se adentraron los cuatro en la casa. Abrieron la puerta de entrada de par en par y echaron fuera a los perros. Dijo que alcanzó a ver que eran doce o trece animales indecisos, como si no supieran qué dirección tomar.

Tres horas después de lo que me contó Mamá, Juan tocó a la puerta de nuestra casa. Salí y ni siquiera me dio tiempo de abrir la reja. Me gritó: “¿Viste a dónde se llevaron a los perros?”. Le respondí: “No. Me dijo Mamá que ella vio que vinieron unas personas y los sacaron, creyó que era con tu consentimiento; creyó que los llevarían al veterinario, o algo así”. Me aproximé a Juan, vi que tenía los ojos llorosos. “¡Mis perros!”, gritó. “¡Se los llevaron!”. Se dio media vuelta, se subió a su pick up, y arrancó.

3. Esta es la historia que conozco del Omega. Era un perro perdido que llegó una mañana hasta la casa de la mujer de enfrente. Pasó más de una semana sin que yo lo volviera a ver, hasta que un día vi que la mujer lo sacaba a la calle y le daba una patada. Gritó: “¡Se llama Omega! ¡Ya no lo quiero!, ¡solo ha venido a traerme mala suerte!”. Se le veía más flaco que cuando apareció por primera vez. Noté que se arrastraba, y a rastras se acercó hasta la reja de mi casa. Salí y le puse un plato de comida. Después de comer, desapareció. No volví a saber de él durante cuatro o cinco días. Una noche, oí a la mujer que gritaba. Me asomé y estaba a mitad de la calle, cargaba al perro en alto y le daba vueltas. El Omega chillaba como si lo estuvieran azotando. Salí y le grité a la mujer: ¡Déjalo, lo vas a matar!”. Me respondió: “Estoy limpiando toda la electricidad negativa que trae este animal. ¡Así es como lo voy a curar!”. “¡Te digo que lo dejes!”, le volví a gritar. Se detuvo y lo soltó al suelo, se agachó y empezó a jalarle las patas. Furiosa, fui hacia ella. Entonces se apartó del perro y se metió a su casa corriendo. Me acerqué para recoger al Omega y éste, con gran esfuerzo, se enderezó, lanzó un mordisco al aire, y se me escapó de entre las manos, huyó. Una semana después apareció Juan con el perro en los brazos, me contó que lo había encontrado cuadras abajo, entre unos matorrales. “Está muy lastimado”, me dijo.

4. A Bonita, su dueño la depositó en el patio de su casa, en una jaula donde el animal apenas cabía. Dijo que la perrita le había desgarrado un sillón; que así, castigándola, aprendería. La mantuvo en la jaula durante dos semanas sin darle de comer hasta que una mañana la encontró muerta. A Dido, sus dueños, lo arrojaron a la calle, porque iban a salir de vacaciones y no sabían que hacer con él. El Jimmy ladraba mucho y sus amos no soportaban el escándalo de sus ladridos; mandaron quitarle las cuerdas vocales; cuando se los devolvió el médico no les gustó que el perro ya no emitiera sonidos, lo llevaron a una veterinaria para que lo sacrificaran. Con la Nena dejaron que los niños jugaran: los chiquillos le rociaron encima una botella de aceite y le prendieron fuego; el animal agonizaba cuando llegaron los padres. Metieron el cadáver en una bolsa y lo pusieron en el tambo de la basura.

5. A los dos días de que entraran a su casa, vino Juan y me contó que quienes sacaron a sus perros a la calle los habían ido a tirar. “¡Les pusieron una lona encima! Unos conocidos de protección animal me dieron el pitazo, me dijeron que unos hombres y una mujer habían dejado a catorce perros en un baldío. Ya fui por ellos, pero aún no puedo encontrar a mis gatos. ¡Qué hicieron con mis gatos!”.

6. Cuando me dejaron a la Güera afuera de mi casa estaba recién nacida la perrita. Hacía un frío cortapiel. La recogí y acondicioné el baño para que estuviera ahí. La alimenté con un gotero durante casi dos semanas.

7. A Juan no lo he vuelto a ver. La mujer de enfrente sigue saliendo de noche y grita que va a limpiarse de la electricidad negativa. “¡Mira cómo estoy llena de malas vibras por la electricidad que me dejó aquel perro!”, me dijo hace días, refiriéndose al Omega. Traía un hueso en la mano. Yo creo que era de perro. No me queda la menor duda: es una asesina de perros. Se llama Ángela.

8. Ayer vi en las noticias por televisión que descubrieron una casa, muy cerca de la nuestra, donde un hombre tenía a más de quince perros en cautiverio, sé que se refieren a Juan. Dijeron que también rescataron a cuarenta gatos vivos; y a cuatro, muertos, adentro de un refrigerador. Lo acusan de maltrato animal; yo no les creo.

9. Todavía olía a plasma la Güera cuando me la dejaron afuera de mi casa. Estaba muy débil. Con cobijas le hice una echadera en el baño. Tenía su pelaje tan rubio que le puse de nombre la Güera. Después de casi dos semanas de cuidarla y alimentarla con un gotero, un día se puso muy mal. La mantuve contra mi pecho cuando íbamos rumbo al veterinario. Fue cerca de mi corazón que suspiró por última vez.

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