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Persépolis, el esplendor de un imperio

Persépolis, el esplendor de un imperio

Columnas martes 05 de noviembre de 2019 - 23:05

Contrario a lo que las potencias occidentales nos han hecho creer desde el estallido de la revolución islámica en 1979 y el exilio en Egipto del último sha, Mohammad Reza Pahlaví —aficionado al golf, a las polos americanas y las estaciones de esquí de los Alpes—, Irán es un país con una tradición histórica, política y cultural milenaria.

Para muestra Persépolis, el gran símbolo de poder de la dinastía fundada por Ciro II el Grande: los aqueménidas. Tras haber contemplado su mítica escalinata, reflexionaba sobre el bajorrelieve de las tribus nómadas que, con más o menos convicción, conformaban el gran imperio persa. Imposible no emocionarse con los partos, aquellos jinetes excepcionales que contuvieron en más de una ocasión las ambiciones expansionistas de los romanos en oriente. Said, arqueólogo de formación, me descubrió que el término partisano, simbolismo de las resistencias clandestinas o guerra de guerrillas durante la II Guerra Mundial, estaba inspirado en ellos.

Por otro lado, seguramente no hayan existido guerreros más exóticos y sádicos que los escitas, de quienes se sabe que en su día ya consumían cannabis y opio para darle contexto a determinados rituales sexuales y funerarios. Especialmente recordada la liebre heredotiana, reivindicada por Ryszard Kapuscinski, que motivó la retirada del ejército de Darío I tras haber cruzado el Danubio rumbo a las estepas. Se dice que el gran rey persa no fue capaz de soportar que los escitas saltaran candorosamente tras la pista de una liebre restándole importancia a la batalla que estaba por librarse.

Después de casi tres décadas de enfrentamiento con el imperio más esplendoroso del mundo antiguo, los sobrevivientes volvieron a sus tierras para asesinar a decenas de niños que sus mujeres habían tenido con otros hombres durante su larga ausencia.

Era estar ahí, contemplando la Puerta de todas las naciones, y pensar que de no haber sido por las cantidades industriales de vino que corrieron tras la histórica victoria en Gaugamela frente a Darío III, quizá Alejandro Magno, el conciliador Hefestión o alguno de sus eufóricos generales habrían desestimado prenderle fuego al majestuoso emplazamiento edificado hace más de 2 mil 500 años.

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/CR

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