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Qué difícil es ser un dios

Qué difícil es ser un dios

Columnas jueves 04 de julio de 2019 - 04:28

Nos encontramos en Arkanar –pero no nos lo dicen hasta muy avanzada la película–, un planeta lejano que está sumido en la Edad Media, lleva siglos ahí y no se ve que vaya a cambiar en mucho tiempo.

De hecho, pareciera que esa humanidad retrocede más cada vez. La decadencia que vemos en pantalla puede ser determinada como; y es así, grotesca, no porque nos muestre algo que nos violente, sino porque nos muestra una realidad tan pura y tan humana que nos hace sentir incómodos apenas a los diez minutos del filme.

Allá el Renacimiento nunca llegó, así que lo que vemos es una Edad Media que parece ser la más escalofriante que podríamos conocer; el arte en cualquiera de sus expresiones es casi inexistente.

En este planeta, unos cosmonautas provenientes de la Tierra han aterrizado, no sabemos cuándo, pero están ya instalados y sobre todo encarnados en ese lugar. Sus usos y costumbres son iguales a los de los nativos, es difícil diferenciarlos. Nos damos cuenta porque los llaman “dioses”, o tal vez deberíamos decir nos llaman dioses.

La inmundicia surge de todos los lugares posibles que una persona puede excretar. La lluvia es furiosa y, aunque esporádica, rebosa los pisos de lodo, lodo con el cual nadie parece sentirse incomodo, no hay molestia por ensuciar lo que parecía no poder aceptar más suciedad. La mugre y ellos son uno mismo.

Esos cosmonautas buscan, sin muchas bases, hacer que esa casi inexistente vida artística surja o, por lo menos, que la que existe no muera. La caza de brujas, o mejor dicho, de “sabios”, es diaria y parece no tener fin; una figura equivalente a la Santa Inquisición, se encarga de erradicar con lujo de detalle esos males.

El director Aleksey German se despidió (falleció en 2013, antes de terminar el montaje de la película) de forma cruda, envuelto en bascosidad y poesía, palabras que por más que suenen contrarias, en esta película no son siquiera distantes. Es imposible dejar de notar los maravillosos encuadres acompañados de una fastuosa fotografía, que enmarcan un fantástico trabajo de coreografía pocas veces igualado en el cine y que en efecto como se ha señalado deja a juego de tronos en pañales.

Y entonces, ¿qué tan difícil es ser un dios? Más complicado aún, ¿quién es ese dios? ¿Nosotros, nuestro protagonista, la cámara o el cine mismo? Son estas interrogantes las que German nos invita a plantearnos, pero que nunca responde o, por lo menos, nunca da una respuesta directa y exacta; así como lo hacen todas las divinidades a quienes se les interpela, se les pide y se les ruega, pero a las que nunca se les comprende. En esta época de violencia y de poca coherencia de actos no está de más regresar al filme póstumo de German y preguntarnos qué tan difícil es ser un ser humano.

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/CR

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