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“Quiero ser, el amigo…”

“Quiero ser, el amigo…”

Columnas martes 04 de junio de 2019 - 03:45


“Somos amigos, de ustedes, amigos, amigos de verdad/Por siempre amigos de ustedes amigos, no vamos a cambiar” fue la canción que estuvo tarareando nuestro amado líder, el domingo pasado, al más puro estilo Timbiriche, a pesar de que el amado líder de los gringos no ha mostrado el menor interés en ser amigo del presidente López Obrador ni de ningún otro mexicano, ni del pueblo bueno, ni de los fifís, ni de los neoliberales ni de nada que tenga que ver con México, es más, nos odia.

Creo que eso lo tenemos muy claro todos los mexicanos, menos nuestro amado líder y en otras circunstancias yo personalmente lo felicitaría por el valor que le da a la amistad — quizá quiere tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar—, pero lo cierto es que con Trump nomás se ha llevado desaires. Si hubiera una friendzone de la friendzone ahí estaría ahora nuestro presidente.

Lo que más me extraña es que siendo tan asiduo lector de la historia mexicana, no tenga claro que en toda la historia de la relación bilateral, México y Estados Unidos, jamás han sido amigos. ¡Jamás! y nunca lo serán. Siento mucho si esto le rompe el corazón a nuestro amado líder, pero apoyo mi dicho con una frase que ya es lugar común: “Estados Unidos no tiene amigos, solo intereses”, y eso no lo dijo un mexicano ardido, lo dijo un gringo de grandes ligas: John Foster Dulles, secretario de Estado del presidente estadounidense Eisenhower en la década de 1950.

La historia no deja lugar a dudas que Dulles tenía razón. Cuando México se independizó, el primer embajador estadounidense en nuestro país, Joel. R. Poinsett, presentó sus cartas credenciales y un cheque de su gobierno para comprar Texas; por si fuera poco se apropió de nuestra Nochebuena y la convirtió en Poinsetta en Estados Unidos.

En 1836, mercenarios y filibusteros estadounidenses apoyaron a los texanos en su independencia y luego crearon el mito de la heroica defensa del Álamo; más tarde en una guerra que fue un despojo (1846-1848), Estados Unidos se apropió de 2 millones 400 mil kilómetros cuadrados de nuestro territorio y en 1853 los gringos se agandallaron algunos miles de kilómetros más al obligar a Santa Anna a venderles la Mesilla; en 1859 aprovecharon que los conservadores tenían contra las cuerdas a don Benito en la guerra de Reforma y lograron que el gobierno juarista firmara el oprobioso tratado McLane-Ocampo, aunque fueron los gringos quienes al final no lo ratificaron.

Nuestro amado líder no se equivocó en su carta a Trump: Lincoln apoyó a Juárez, pero no porque fueran amiguis, al presidente estadounidense no le convenía que Francia estuviera metida en América y menos aún que los estados sureños de la Unión Americana coquetearan con el imperio de Maximiliano en plena guerra de secesión. A Lincoln, le convenía el triunfo de Juárez, sin lugar a dudas.

¿Y qué tal los 20 mil hombres que Taft envió a la frontera ante el estallido de la Revolución en 1910? Y qué decir de la conspiración en la embajada gringa que definió la caída y muerte de Madero, y qué tal el otro llegue que nos dieron en abril de 1914, cuando los marines estadounidenses ocuparon el puerto de Veracruz y lo soltaron hasta noviembre de ese año; que no se nos olvide que 10 mil soldados norteamericanos cruzaron la frontera “buscando a Villa queriéndolo matar”, aunque el Centauro se les peló. ¿Qué decir de las amenazas que recibieron todos los presidentes de México cuando quisieron aplicar el artículo 27 Constitucional a las compañías petroleras norteamericanas.

¿Roosevelt amigo de México? ¿Cuál amistad? El presidente gringo puso en orden a las compañías petroleras que se querían comer vivo a Lázaro Cárdenas luego de la expropiación, pero lo hizo porque México estaba a punto de vender su petróleo a Alemania, Italia y Japón en vísperas de la segunda guerra mundial. Fue la época de la llamada “buena vecindad” porque frente a la guerra, México se convirtió en la fuente de materia prima de Estados Unidos. Intereses, no amistad.

La lista de agravios es interminable —amenazas, amagos, reprimendas, presiones—, y es un hecho, estamos atravesando el peor momento de la relación bilateral desde la expropiación petrolera. Sin embargo, a raíz del TLC y de la globalización, ambas economías quedaron atadas entre sí y es ahí donde el gobierno de la 4T debe encontrar las ventajas para negociar. Si se jode la economía mexicana, se jode la estadounidense, el efecto tequila no es una borrachera es una cruda.

Ojalá que nuestro amado líder ya deje la retórica patriotera de la dignidad nacional y termine ya con el prurito de la amistad. Es hora de cambiar el discurso porque, la verdad sea dicha, no soportaría escuchar a nuestro amado líder cantándole a Trump: “Quiero ser, el amigo que recorre tu camino…”, (sí, la de Menudo).


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/CR

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