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Racismo y Cultura

Racismo y Cultura

Columnas lunes 25 de noviembre de 2019 - 01:04

El nuevo régimen político instalado en Bolivia ha mostrado su rechazo a que costumbres y creencias ancestrales de los pueblos originarios de ese país, tengan reconocimiento oficial. A pesar de que Aymaras, Quechuas y Guaraníes conforman aproximadamente el 37% de la población. Hechos como la quema de Whipalas (bandera que simboliza la pluralidad de culturas y la composición multiétnica de Bolivia) y la reinstauración de la doctrina cristiana como el único credo legítimo, refleja el modo en que los valores y la cultura de un grupo tratan de imponerse sobre otro.
El racismo es una forma de naturalizar las relaciones jerárquicas entre las personas. Se ejerce a través de prácticas y representaciones mentales sobre “los otros” a quienes se les atribuyen cualidades negativas con base a sus características físicas y biológicas. Las representaciones negativas sobre ciertos grupos sirven para justificar distintas formas de abuso de poder sobre ellos.
Los orígenes del racismo nos remiten a la expansión europea del siglo XVI, cuando inicia la esclavización de los pueblos africanos y la colonización de los pueblos nativos del continente americano. En su libro La hybris del punto cero, el filósofo Santiago Castro-Gómez señala que en siglo XVIII el concepto de raza comenzó a ser muy importante para clasificar a las poblaciones que, desde el punto de vista de los filósofos ilustrados, no habían desarrollado sus facultades racionales, por ello se les ubicaba en etapas menos evolucionadas que los europeos. Para Kant, había una jerarquía moral entre los hombres basada en el color de la piel y en el clima. De esta manera, lo civilizado será simbolizado por el mundo europeo mientras que los pueblos no blancos serán identificados con el atraso, la barbarie y el salvajismo.
En América Latina es común que las élites piensen que el desarrollo cultural solo se puede conseguir en la medida que se adoptan los valores y la cultura euroamericana. Como sucedió durante en México en el porfiriato, cuando los intelectuales positivistas consideraban que el progreso y la modernización del país no se lograrían si primero no se atacaban las costumbres irracionales y supersticiosas del pueblo. En esa época, los sectores populares eran vistos como la contraparte de la civilización y modernidad; se les acusaba de viciosos, inmorales, violentos y desenfrenados. Durante las primeras décadas del siglo XX se crearon proyectos para llevar la educación a los rincones más aislados del país, justamente con el propósito de integrar a los “grupos bárbaros” al orden nacional y a la vida civilizada. La escuela se convirtió en el principal medio para evitar que se siguieran reproduciendo lenguas, costumbres, vestimentas, rituales y oficios, como la curandería, porque se consideraban conductas atrasadas.
Desafortunadamente sigue muy interiorizada la idea de que la blanquitud, la racionalidad exacta de la ciencia y el judeocristianismo son las pautas que definen una verdadera cultura. Pero por otro lado, los pueblos que han sido racializados, a pesar de todo, se han negado a abandonar su propia identidad y cosmovisión. Es necesario des-aprender que el mundo europeo es la esencia de todo lo humano.












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