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Ramón Gómez de la Serna: un maestro del arte circense

Ramón Gómez de la Serna: un maestro del arte circense

Columnas miércoles 10 de julio de 2019 - 04:39


Ha caído en mis manos un tomo publicado hace cien años por Ramón Gómez de la Serna: Greguerías selectas (1919). Este madrileño (1888-1963) no fue solamente un autor prolífico: fue un vanguardista que, escrutando nuevas formas expresivas, incorporó en sus libros una buena cantidad de artes circenses.

Su malabarismo poético y sus acrobacias verbales nos descubrieron que detrás de ciertas obras se esconde una buena dosis de prodigios y trucos literarios, y que aún pueden dejar con la boca abierta a los lectores más exigentes. Y es que el autor de El doctor inverosímil jamás se conformó con seguir los paradigmas establecidos y, profundizando en su búsqueda, encontró precisamente el estilo que terminaría haciéndolo célebre: la greguería. Asombra la cantidad de matices que, a diestra y siniestra, encontramos en estos raros artefactos.

El señorito Ramón —como lo describió Francisco Umbral — supo juntar en una misma composición la riqueza doctoral con el obrerismo desenfadado.

Confeccionó su estilo —e incluso la formalizó─ con tal denuedo y singularidad que ninguno de sus imitadores ha podido seguirlo, y quienes lo han intentado han fracasado rotundamente o peor aún: han terminado por plagiarlo.

Algunos estudiosos, arrebolados, se hacen pequeñitos y afirman que la versatilidad de Ramón —que él practicaba con una firmeza inquebrantable — hace que su obra sea una de las más difíciles de examinar.

Disiento por completo. El gran desconcierto para los académicos fue que el tipo usara neologismos que no derivan de palabras eruditas —y que ni siquiera procedieran de ninguna lengua viva ni muerta —, sino que obedecieran a sus propias necesidades onomatopéyicas.

Dicho en otras palabras: Ramón inventó y difundió tal cantidad de palabras —usó aumentativos a voluntad, deformaciones a granel y, en suma, hizo lo que le vino la gana con el lenguaje— que los inspectores de la crítica literaria palidecen ante sus textos.

Incapaces de explicarlo, tarde o temprano, sus insulsos intérpretes han señalado que su estilo es, simple y llanamente, una nueva forma de hacer literatura. Y es justamente cuando nace el término “ramonismo”.

Pedro Salinas, en su célebre artículo “Escorzo de Ramón” fue quien definió al madrileño como "un modo de escribir, una fuerza de creación lingüística excepcional”. Las Greguerías —que originalmente aparecieron en el diario ABC y, posteriormente, conformaron un libro, acaso el más conocido de Gómez de la Serna — contienen toda una filosofía ensayística: ocurrencias, salidas graciosas, pensamientos hondos, reflexiones sobre el arte, la literatura, la vida y la muerte.

En este libro —y sus continuaciones— el autor se plantea preguntas tácitas y, acto seguido, se las responde con humor, inteligencia y profundidad: ¿Un texto podría salvarnos del ahogo? ¡Claro!, parece responder Gómez de la Serna, porque “El libro es el salvavidas de la soledad”. ¿Por qué nos acongojan los aguaceros? ¡Sencillo!, expresa el donoso humorista que también fue: “La lluvia es triste porque nos recuerda cuando fuimos peces”. Sin saberlo, muchos de los aforistas contemporáneos —e incluso los tuiteros más avispados — le deben mucho —o casi todo — a los esfuerzos pioneros de Ramón.

Precisamente, hace poco más de cien años — en 1917 — el prolífico Gómez de la Serna publicó tres obras esenciales de su extensa bibliografía: El circo, La viuda blanca y negra, Senos y Greguerías.

En estos libros podremos encontrar los sustratos —concentrados y ya perfectamente refinados — de toda lo que será su obra venidera.

Pocos autores —acaso Hugo, Mishima, Rushdie o nuestro inabarcable Monsiváis — han escrito con tanta elocuencia y fecundidad como Ramón

Exceptuando la poesía —género que nunca practicó — su producción resulta inabarcable: ensayos, novelas, cuentos, proclamas, manifiestos, piezas de teatro, retratos biográficos y autobiografías. Sus temas fueron variadísimos. Habló de toros, filosofósobre la novela, ironizó y ensalzó a sus contemporáneos, polemizó sobre el Medio Ambiente, etc. Ramón escribía como diez hombres creativos.

Pese a que Gómez de la Serna fue esencialmente un autor satírico, no practicó un humorismo envenenado. Su sarcasmo tuvo dosis más fuertes de ingenio que de escarnio.

Y es que para el autor de Morbideces el arte “no puede ser castigo, venganza, represalia”. Bien visto, en todas sus declaraciones hay una visión optimista y entrañable del mundo. Tanto que, hay que admitirlo, también dice boberías: Su lema fue que “vale más tener el corazón alegre que la vida feliz, pues un corazón alegre lo suple todo”, como él mismo nos cuenta en Nuevas páginas de mi vida. Quizá por eso tenía —y sigue conservando — la apreciación unánime de artistas y literatos. Aunque no tuvo enemigos declarados, tampoco permaneció inmune ante las ironías.

Cuando Ramón regresó a Madrid —ya muerto y únicamente para que lo enterraran— Agustín Lara, en una capilla ardiente y atestada de afligidos, dirigió la banda municipal que se lució tocando el chotis de Madrid —que, dicho sea de paso, el autor de Tlacotalpan le había dedicado antes a su ex esposa María Félix, en un fallido intento —malogrado— por recuperar su amor.


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/CR

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