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Reinterpretarnos

Reinterpretarnos

Columnas viernes 06 de diciembre de 2019 - 00:06

Por diferentes razones, yo también me cuento entre quienes creen que el vandalismo no es la mejor forma de protestar contra la violencia que las mujeres mexicanas viven que de forma sistemática y generalizada.
Por el contrario, tal vez sea tiempo de ir más lejos. Sin intentar aleccionar sobre las formas que debe tomar una protesta que sobrevive por la fuerza del reclamo de las víctimas, quizás sea momento de aceptar que vale más destruir todo antes que volver a tolerar el silencio cómplice que destruye las vidas de miles de mujeres en todo el país.
Tal vez sea tiempo de que quemaran cada ministerio público donde ignoraron a una mujer que denunció violencia y que no fue escuchada. De clausurar cada oficina del país donde los ascensos están reservados para los hombres, sin importar que la candidata más competente sea una mujer. Tal vez ha llego la hora de quemar cada casa donde se ha escondido a un golpeador, a un violador, a un asesino. Es tiempo de hacer de la violencia contra las mujeres un hecho inaceptable en cualquiera de sus formas.
Porque la situación es clara: la violencia contra las mujeres es permitida y tolerada como una herencia inequívoca de los roles de género que nos fueron impuestos. Sin embargo, de cara al futuro, resulta inaceptable pensar que la violencia que vivieron nuestras madres y abuelas deba seguir siendo la normalidad. Tanto como es inaceptable seguir promoviendo masculinidades que, frágiles como el cristal, solo pueden mantenerse a partir de la incuestionable certeza de considerar a las mujeres como personas de segunda categoríaa.
Entre las muchas formas opiniones que han surgido en los últimos días (incluso considerando como opiniones los estridentes alaridos de machitos convencidos que importa más demostrar que tienen la razón antes que ponderar las desastrosas estadísticas de violencia de género), es posible rescatar un diagnóstico claro. El problema de violencia contra la mujer en México tiene, a resumidas cuentas, dos causas: el machismo y la absoluta negligencia de las instituciones responsables de prevenir la violencia. Del machismo hay demasiado más que decir como para que quepa en esta columna, pero parte de la noción perfectamente entendida y legitimada por nuestras instituciones políticas, jurídicas y sociales de considerar que las mujeres son, en general, menos valiosas.
Sobre la negligencia de las autoridades, cito a Alejandro Hope, sin duda el más agudo analista de seguridad en el país: “[En México] matan a las mujeres porque dejamos que suceda, porque la autoridad no interviene cuando debe […] Porque, como sociedad, el asunto nos vale madres”.
Por esta vez, y sin el riesgo de ser tildado como feminazi por el solo hecho de ser hombre, creo que deberíamos hacer un alto definitivo. Llegó el tiempo de reinventarnos como sociedad. De reinterpretarnos.
Pocos días después de la marcha, pude visitar el Monumento a la Madre, casi en la confluencia entre Insurgentes y Reforma. El viejo lema que sostenía el monumento, probablemente escrita por un viejo priista, reza todavía: “A la que nos amó antes de conocernos”. Debajo, una reinterpretación añade las palabras, también en letras de oro: “Porque su maternidad fue voluntaria”.
Para quienes han estado muy preocupados por los pedazos de piedra que alguien puso en nuestras calles, hoy los invito a contemplar por una hora ese nuevo mensaje. Los monumentos solo sirven para reinterpretar la forma en que nos entendemos como sociedad. Si no podemos entender que es tiempo de hacer un alto a la violencia contra las mujeres, tal vez no hay ningún monumento que merezca ser mantenido en pie.


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/CR

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