laopcionnota
Salvado por Conacyt
Salvado por Conacyt

Columnas miércoles 17 de abril de 2019 - 01:37


El lunes este espacio fue ocupado por algunos fragmentos del Diario de la Cuarta Transformación que llevo desde el 1 de diciembre, periodo en el cual he escrito unas 450 páginas a manera de bitácora, de testimonio de cómo un país puede tener los niveles más altos de violencia del siglo, la producción de empleos formales más baja de la década y médicos que no cobran la quincena, y aun así dirigirse con viento de cola hacia un primermundismo que haría palidecer a Noruega, incluido su sistema de salud pública. De esas 450 páginas fueron elegidos algunos fragmentos con el talento para la edición de mi amigo y director Rubén Cortés, que, lo digo claramente, me salvó el pellejo. Porque en efecto, como apuntó en sus palabras de presentación, tuve un problema de salud que me impidió cumplir con mis deberes como columnista, y me permito ahora salir al paso de algunas calumnias. Es falso que me haya sorprendido en estado de ebriedad el alcoholímetro de la calle de Nuevo León. Aunque no le hago ascos al whisky —y aquí un mea culpa: ni toda mi propensión al sueño bolivariano me ha hecho aficionarme al ron cubano—, soy incapaz de conducir en estados alterados de conciencia. La historia es como sigue:

El sábado amanecí con un fuerte dolor de espalda, derivado de mi mala decisión de acompañar a mi sobrina al pilates. “No es un deporte invasivo —me dijo entre sonrisas desde sus 32 años—. Da fuerza, da elasticidad y no te expones a accidentes vasculares. ¿Te acuerdas del tío Juan Ignacio? Hace rato que está en la tercera edad y lo practica tres veces a la semana.

Es apropiado para tu edad”, así dijo… y me mandó al matadero. Al día siguiente me dolía hasta respirar. Entonces hice lo que se hace en esos casos: llamé a una amiga que tiene un alto nombramiento en Conacyt. Lo merece: es dueña de una formación científica poderosísima, inapelable, que incluye cuatro semestres de Filosofía en la UNAM, dos años en Amway, un largo noviazgo con un alpinista —tristemente perdido en Nepal hace 20 años— experto en lectura del iris y curación por ayunos, un “máster” en medicinas alternativas en Valle de Bravo, un seminario de herbolaria en Tepoztlán y una larga experiencia en el tantrismo budista, que fue lo que me convenció de llamarla: al tantrismo se le llama “el vehículo del resultado”, y mi crisis no dejaba lugar a posposiciones. Bien, mi amiga me dio un tratamiento que combinaba flores de Bach, diluidas como se sabe en brandy, una receta homeopática de chochos guardados en alcohol y una friega de alcohol con mariguana para disolver la contractura. Fue esa combinación, y no, como dijo alguien en redes sociales, los “17 Buchanans con Tehuacán que te tomaste en el San Angel Inn”, lo que provocó el positivo en el alcoholímetro.

Pasé un día y medio encerrado, matando el tiempo en una litera que —casualidades— tenía escrito “Aquí estuvo Alejandro Rosas”. O no, no matando el tiempo: empleándolo en trabajar por la 4T. Durante esas horas maquiné una colección de libros que debería publicar el Estado mexicano, y de la que hablaré el viernes si nuestro Líder Supremo no tiene alguna salida brillante que me obligue a dedicarle este espacio.

El dolor de espalda sigue, pero no podemos culpar al modelo científico cubano de Conacyt. Lo que pasa es que la 4T, con todas sus bendiciones, no ha llegado a los camastros del Torito. Ya lo dijo nuestro Presidente: no puede arreglarlo todo en cuatro meses.

Envie un mensaje al numero 55-13-60-28-33 por WhatsApp con la palabra SUSCRIBIR para recibir las noticias más importantes.

/CR

Etiquetas


Notas Relacionadas


Cinturón MayaColumnas
2019-04-25 - 02:47
Final Regia que cumpleColumnas
2019-04-25 - 02:44
Popurrí del adiósColumnas
2019-04-25 - 02:41
¿Y si Maduro no se va?Columnas
2019-04-25 - 02:35
Sudáfrica, electricidad y ChinaColumnas
2019-04-25 - 02:25
IngresosColumnas
2019-04-25 - 02:22

+-